martes, 7 de marzo de 2017

¡Pobre Ceferino!

En mi incesante peregrinaje por tabernas y bares de Murcia y alrededores, encuentro algunos adornados con los típicos azulejos que cuelgan de las paredes, cuyas leyendas y refranes populares no son, en general, de mi aprecio por encontrar sus textos zafios, manidos y desatinados; pero hete aquí que tropiezo con este que encontré gracioso por su tosco e ingenuo dibujo que, acompañado por una ingeniosa sentencia, provocó en mí una prolongada sonrisa, aunque, claro, no sé si ayudado por los chatos de vino que ya me acompañaban. 
Juzguen ustedes mismos:



"Así murió Ceferino por beber agua en vez de vino" ¡Pobre Ceferino!
(Bodega Teodoro, feb. 2017)

viernes, 24 de febrero de 2017

«¡Ojalá y no hubiera subido!» (Crónica del suceso en el antiguo depósito de agua de Murcia, 1923)

                     
                                                           
                                                                                                       
                                               "La capital está destrozada. Solo queda el paisaje.
                                       ¿Primavera en la ciudad? Sí: árboles sin podar y malas hierbas.” 
                                                                                                                                             




Murcia, 12 de abril de 1923

Aún se oye el tintineo de las esquilas del hatajo de cabras que venido de la huerta recorre las calles del viejo barrio de San Antolín. Por todo desayuno, Hilario tiene sobre la mesa un tazón de leche tibia recién ordeñada, que acompaña con un trozo de pan y tocino salado. La trémula llama de una vela solitaria ilumina la triste cocinilla. Acostumbrado a la de vaca, la leche de cabra, al principio de su llegada a Murcia, le pareció de sabor extremadamente fuerte; extravagante. Termina su desayuno y coge el hatillo con el almuerzo. Se despide en silencio de Rosario, su esposa, palmeándole suavemente la espalda con la sonrisa leve, casi afligido, y sale de la casa, teniendo como única luz el tenue resplandor que le ofrece el horizonte. 
Mientras camina con paso osado por las oscuras callejas, a su mente llegan recuerdos de su tierra natal y maldice el día que decidió trasladarse con su familia a esta polvorienta ciudad con la promesa de un buen sueldo.

--"Nunca ha hecho tanto calor como este mes de agosto" --se quejaban unos.

--"Nunca, nunca" --rabiaban otros.

--"¡Uf!" --lamentaban todos. 

Del tremendo calor que hizo ese interminable verano, se pasó a un octubre de constantes lluvias como no se recordaba en mucho tiempo. 

--"Esta va a ser peor que la riá de Santa Teresa" --agoraban unos.

--"Peor, peor" --coreaban los demás.

No tardará mucho en llegar al tajo. A lo lejos pueden verse cómo destacan, recortados sobre el cielo ya albo, el recipiente y el armazón que lo sostiene, dando al conjunto un aspecto siniestro. Hilario accede al pequeño cuartucho, donde saluda a sus compañeros y deja su atadijo suspendido de una vieja alcayata cubierta de robín. Todos dejan allí sus pertenencias que, a decir verdad, son bien pocas.




A lo lejos puede verse cómo destaca la siniestra silueta…” 



Hoy es un día importante: ha de hacerse la prueba de llenado del depósito. Por fin, después de muchos años de debates estériles en el Concejo, se hará realidad el indispensable suministro de agua a la menesterosa población, y además se pondrá a prueba la fortaleza del armazón que sostiene el enorme recipiente.
Después de una breve perorata sobre la transcendencia de este día, don Ricardo, el encargado de obras, da las instrucciones correspondientes y los peones se dispersan a lo largo, ancho y alto de la obra. Hilario asciende por la endeble escalerilla que remata en un estrecho balcón que rodea el pie del enorme vaso octogonal. Su misión, esta vez, será medir en el tanque el nivel de agua que llegará a través de la gruesa tubería, teniéndose que completar su relleno, si todo va bien, a lo largo del día.
Aún no son las ocho cuando un ligero temblequeo anuncia con estrépito el arranque del motor que eleva, ya depurada, el agua de los tanques que hay en un edificio anejo a los pies del castillete que sostiene el botijo aéreo. 
Hilario mira con curiosidad cómo la tubería vierte el bendito elixir que ha de amamantar las escasas fuentes públicas, dispersas por algunas plazuelas de la ciudad; que bien podría decirse néctar, si del Olimpo se tratara.
Situado en la parte alta de la torre, a veinticinco metros del suelo, el depósito va atiborrándose lentamente. Hasta hoy mismo, Hilario no había reparado en las vistas que desde allí se ofrecen; el incesante trabajo y las prisas por terminar la obra no dejaban mucho tiempo para el recreo. Al norte luce el flamante mercado de Verónicas, atestado ya de gentes que acarrean enormes capazos; al este, como si de una postal se tratara, el Puente Viejo y la torre de la Catedral; al sur, El Barrio, donde destacan, aún en construcción, las grandes naves del nuevo Cuartel de Artillería de la calle Cartagena; al oeste se extiende, sin fin, la huerta. 

   Hilario sobre el depósito (‘La Hormiga de Oro’, 28/04/1923)


La boina alada que compró en una veterana sombrerería del casco viejo de Bilbao protege su cabeza del sol que, a plomo, se precipita sin compasión sobre la ciudad. "La primavera murciana", dicen.
Ahora, pasmado por la exuberante y bien cuidada huerta que rodea la ciudad, empieza a comprender el particular carácter de esta tierra y, lo que es más difícil, empieza a entender el cerrado acento con el que por aquí se expresan. Al principio, ni mu. 

--"¡Medio metro. Cincuenta centímetros!" --vocea Hilario con entusiasmo.

Con la vista puesta en el horizonte, vagan sin voluntad sus pensamientos. Éstos lo trasladan a Bilbao; allí, encontrar trabajo en su dinámica industria era mucho más fácil que en su Vitoria natal. Fue en Bilbao donde al poco de llegar conoció a Rosario, con quien mantuvo un noviazgo breve. Fue allí donde nacieron los dos hijos que ahora les acompañan. ¡Todo muy rápido!


                                          "La vida, tan efímera. 
                                               Como un puñado de agua.”


La conjura entre el sonido del agua vertiéndose en el dedal gigante, y el monótono fragor que produce la máquina que eleva el agua, sumados al cálido sol de primavera, causan él tan agradable sopor que si no fuera por... 

--"¡Un metro, justo un metro!" --grita Hilario al ver la cifra redonda que alcanza el agua en la regla metálica que hay en el interior del depósito. 

Su hijo mayor, también Hilario, como casi todos los días, se acerca a la construcción para ver si puede ganar unas perrillas con alguna faena que surja en la obra.
Tiene suerte: don Ricardo, quien le ha cogido cariño por su presteza y sagacidad, le encarga que lleve una cántara de agua al Hotel Patrón, en la calle príncipe Alfonso, frente al Casino, donde se hospeda el ingeniero Mr. Bergerot, llegado hace unos días a Murcia para la inspección definitiva de la edificación. 
Dicho y hecho: coge una carretilla con el cántaro de agua fresca que ha cogido de los nuevos depósitos desde donde se eleva el ansiado líquido, y a paso ligero, casi corriendo, se pierde de vista en dirección al centro, sorteando con destreza el abundante gentío que ya empieza a acumularse alrededor de la monumental construcción.
La mañana se desliza lenta. El alcalde interino, don Manuel Maza, se acerca a la obra ligeramente preocupado por la evolución del llenado a partir de unos incidentes ocurridos el otoño pasado. En febrero dio orden de interrumpir los pagos correspondientes y comprometidos con la empresa constructora debido a un suceso que lo mantiene inquieto. A causa de las incesantes lluvias del pasado otoño y del peso de la obra en conjunto, el solar donde se asienta había cedido unos centímetros, desplazando ligeramente los embalses donde el agua es almacenada, filtrada y ozonizada antes de su definitiva elevación al depósito, asunto al que el ingeniero restó importancia con el argumento del natural acomodo de la edificación, debido al terreno arenoso donde se sustenta; al menos eso pensó antes.
Don Bartolomé Bernal, presidente de la Comisión de Festejos, murciano de pro, hijo predilecto de la ciudad e impulsor y contratista del proyecto, tranquiliza al alcalde con el prestigioso aval que la Sociedad General de Cementos Portland tiene, después de haber construido en Madrid los Teatros Del Centro y El Alcázar, el Monumental Cinema, los Almacenes para la Sociedad de Alumbrado y Calefacción por Gas; los Cargaderos de Mineral para la Sociedad Franco-Belga, en Bilbao; el puente de San Adrián sobre el río Ebro; más puentes, más naves industriales, puertos,… 


La raquítica estructura sobre la que se ha de sustentar el ‘botijo aéreo’; 
al fondo, en construcción, el Cuartel de Artillería (invierno, 1922/1923).


Es la una en punto cuando Hilario es sustituido de su puesto. Baja, calmo, a almorzar. Se lava las manos y refresca su cara con el agua turbia del bidón metálico que hay junto al cuartucho. Coge su atillo y deshace con facilidad el nudo de la tela que envuelve la abollada fiambrera, un buen trozo de pan y un cuartillo de vino que, habiéndole parecido demasiado fuerte y espeso al principio, ahora no lo cambiaría por el ligero caldo vascongado que por costumbre tomaba en su tierra natal. Una tortilla y unos trozos de conejo con tomate reponen sus ánimos mientras observa a Mr. Bergerot, agitado, como loco, alrededor de la obra. De vez en cuando un trago de vino repara su reseca garganta. 
Las intensas e incesantes lluvias que mantuvieron hinchada la piel de la ciudad durante quince días del pasado mes de octubre, ablandaron de tal manera el terreno arcilloso donde se alza el castillete, que hizo que la estructura que sostiene el enorme depósito se inclinase unos centímetros. 
Ahora, ante el canijo armazón desnudo, desprovisto del disfraz que ocultaba este grave percance, se mostraba el defecto de forma bien clara. Mr. Bergerot piensa ahora que nunca debió aceptar este emplazamiento para tan comprometido proyecto.
Al poco de subir de nuevo al tanque, después de haber comido con calma, Hilario ve en la varilla que el agua acaba de rebasar la marca del metro noventa centímetros.
A instancias del capataz pasea alrededor del depósito en busca de alguna indeseable fuga. 

--"¡Dos metros, dos metros justos!" --repite Hilario con emoción.

Ya en el Ayuntamiento, el señor Maza, terriblemente inquieto, en un sinfín de salidas intermitentes al balcón del Ayuntamiento, desde donde tiene una vista privilegiada del asunto, observa la evolución del llenado del depósito.
La muchedumbre se amontona en los aledaños de la obra. El Malecón, repleto. Incluso el Puente Viejo está lleno de curiosos.
El ingeniero, inquieto, no para de dar vueltas alrededor de la construcción rastreando posibles anomalías.
Son las cuatro y media de la tarde cuando Hilario, vigilante, sube a lo alto del depósito y mira con atención la marca que el agua está apunto de alcanzar. Todo fue decir… 

--"¡Dos metros veint..." 

                          
… cuando en ese mismo instante Hilario recibe una terrible sacudida que le hace caer al interior del depósito y, en un santiamén, todo se desploma.
No es fácil describir lo que en pocos segundos sucede: en ese pispás, en el mismo momento de vocear la lectura, Hilario está sobre la escalerilla de mano que se apoya en el borde del recipiente, cuando oye un extraño crujido que el agua y el depósito mismo se encargan de amplificar como si de un trombón gigante se tratara. Le parece el rugido de una espantosa fiera a punto de zampárselo. Un monstruo en cuyos jugos gástricos se disuelve sin remedio.

El alcalde, ojiplático, contempla el desastre desde el balcón y no puede más que gritar: "¡Se cae el depósito!". Corriendo, desciende por la elegante escalera de mármol blanco en dirección al lugar de la catástrofe, acompañado por los pocos guardias que va encontrando a su paso. 
El gentío que allí se encuentra corre espantado en caótica manada: gritando, tropezando, cayendo los más viejos, pisoteando los más jóvenes.
Mr. Bergerot, el ingeniero, contempla horrorizado el suceso: primero ceden las dos columnas más cercanas al cauce del río a causa del movimiento del terreno por aquellas lluvias de octubre; al pronunciarse la inclinación, forzadas las del centro, éstas se quiebran; y es entonces cuando, al faltar la resistencia, el vaso se desploma verticalmente.
Sumergido en el agua, Hilario tiene tiempo para sujetarse a la inestable escalerilla que hay en el interior del depósito, y así, en extraña postura, mientras todo se derrumba, navegan sus pensamientos y transportan al vitoriano junto a sus padres, siendo niño, en sus verdes paisajes, de donde nunca debió salir. Su querida Rosario, sus hijos, Sestao, Bilbao, Murcia, polvo, calor, la leche de cabra (¡qué diablos tendrá que ver la leche de cabra en este momento!, pero, a veces, como en los sueños, la mente tiene estos espontáneos desvaríos); otra vez Rosario… 
En el aterrizaje, un golpetazo en el costado lo deja inconsciente dentro del deformado depósito que todavía regurgita la poca agua que le queda. El estallido final se propaga por toda la ciudad, a la vez que el temblor que produce semejante calamidad se siente como un pequeño terremoto en muchos metros a la redonda. A continuación, un gran silencio se apodera del lugar del accidente durante interminables segundos.



La enorme polvareda que se forma deja vislumbrar, al cabo, el aspecto tétrico en que se ha transformado la escena. Un amasijo de hierros retorcidos, junto a los cascotes y el serrín ceniciento en que se ha convertido el castillete fabricado con hormigón Portlad, del que con tanto orgullo presumía la empresa vascongada.
La reacción es rápida: primero los heridos. Hilario, inconsciente, es llevado por varios compañeros a un auto que lo transporta al viejo hospital de San Juan, no muy lejos del lugar del suceso. Cuando llegan, los colegas que lo acompañan en el vehículo lo bajan y trasladan su cuerpecillo maltrecho como si de un pelele se tratara. Colocado sobre una desvencijada camilla que parecía estar en armonía con el malparado peón, recorre el oscuro pasillo empujado por un par de sanitarios y seguido por un sinnúmero de entremetidos hasta la sala donde atienden las urgencias. El tumulto que allí se forma desbarata el ambiente sereno que pocos segundos antes reinaba en el sanatorio.
Allí, el médico de guardia se ocupa de los primeros cuidados: «—¡Enfermera, el éter! ¡Va calado, hay que quitarle estas ropas mojadas!». El abundante gentío que se agolpa alrededor de la camilla observa en silencio la ciencia con la que el galeno atiende al desgraciado. Hilario responde moroso a los estímulos, entreabriendo lentamente sus ojos distraídos, y volviendo en sí, aturdido, dolorido y con la voz quebrada, solo acierta a decir:


                   --"¡Ojalá y no hubiera subido!"



E.L., febrero de 2017


                           _________________________________________________________________________

 Este relato se basa en el suceso real ocurrido el 12 de abril de 1923. El tan anhelado depósito de agua para mejorar el insuficiente abastecimiento que padecía la ciudad de Murcia, se vino abajo el día de su llenado debido a varios factores: primero, la deficiente calidad del hormigón suministrado para la construcción del castillete, que la prensa de aquellos días lo describe así: “(…) y que en los restos del armazón de cemento se descubre más tierra menuda que cemento, como si la construcción se hubiese hecho de barro (…)” [‘La Verdad de Murcia’, 13/04/1923]. 

Con un presupuesto de casi 350.000 pesetas, las obras para la construcción del depósito comenzaron el 11 de agosto de 1922. La débil estructura, a pesar de las mil toneladas de peso, se mostraba del todo insuficiente para soportar la enorme tara del depósito de hierro, más la carga de agua que debía contener (250 Tn.). A simple vista, el castillete se ve frágil para tamaño esfuerzo. Y por último, el dudoso emplazamiento escogido para su construcción, que por ser un suelo inestable, junto al río, facilitó el desplazamiento de la construcción (la torre por un lado, y el edificio anejo por otro) provocado por la quincena de incesantes lluvias habidas el mes de otoño de 1922. (Como reconoció en sus declaraciones al juez uno de los ingenieros de la empresa encargada de llevar a cabo el proyecto, noticia recogida en ‘La Verdad de Murcia’, 13/04/1923).



1-Emplazamiento del primer depósito. 2- Embalses de depuración y ozonización, y maquinaria de elevación. 
3- Emplazamiento definitivo del segundo depósito. [Imagen: vuelo Ruiz de Alda, 1928].



En el accidente, por increíble que parezca, solo hubo dos heridos: el vitoriano, Hilario Urbano Iglesias, con fractura de la 6ª costilla y contusiones varias; y el otro obrero herido, Antonio Olivares Pujante, natural de El Palmar, cuando vio que la mole se le venía encima, se lanzó al río, donde no llegó al golpearse con el muro de contención, pero con esto evitó quedar sepultado bajo los escombros; solo padeció una leve contusión el su pie izquierdo. En un principio se pensó que bajo las ruinas de la mole podría haber obreros enterrados, pero milagrosamente no fue así. 


   Imagen: 'Levante Agrario' (8/09/1928)


Pronto, después de este desgraciado episodio y debido a la urgencia del abastecimiento de agua a la ciudad, se decidió la construcción de un nuevo depósito cambiando el emplazamiento -ahora en la margen derecha del río-, en el solar que ocupaba el antiguo Matadero, cerca de La Virgen de los Peligros.




Las obras comenzaron en noviembre de ese mismo año (1923), siendo inaugurado el 17 de mayo del siguiente año, siendo alcalde de la ciudad D. José Cunqueiro Montenegro (entre 20/2/1924 y 11/9/1924) (*). Tanto los embalses purificadores, así como la maquinaria del anterior depósito, fueron reutilizadas de forma provisional en el mismo emplazamiento en que estaban. 

Aquel azaroso año de 1923 hubo un relevo tras otro en la alcaldía de Murcia:
D. Antonio Clemares Valero (entre 1 feb 1922 y 3 ago 1923). Cesa voluntariamente por intereses con la Compañía de Aguas de Santa Catalina. Lo sustituye como alcalde interino, el primer Teniente-Alcalde D. Manuel Maza Ruiz (entre 13 oct 1922 y 3 ago 1923), es sustituido por D. Tomás Palazón Lacárcel (3 ago 1923 - 1 oct 1923), José Servet Magenis ((1 oct 1923 - 6 oct 1923), Recaredo Fernández de Velasco (6 oct 1923 - 20 feb 1924). 




Recorte del diario 'Línea' (5 de febrero de 1972)

En febrero de 1972, después de 48 años de funcionamiento, empezó su demolición para su definitiva desaparición en favor del actual depósito de la Mancomunidad de Canales del Taibilla (MCT), en la carretera a Altorreal y La Alcayna.
(*) El periodista J. Freixinós en un artículo publicado en el diario ‘Línea’ [05/02/1972], en relación a la demolición de este segundo depósito, da erróneamente 1926 como año de su construcción. También confunde a D. José Cunqueiro Montenegro, quien presidía la Alcaldía el día de la inauguración del depósito (17/05/1924), con D. Luis Fontes Pagán, Marqués de Ordoño, que también fue Alcalde, pero entre el 1 de marzo 1928 y el 25 de febrero de 1930.


Por aquellos años, en la ciudad de Murcia se acometieron abundantes obras públicas :
1- Estación Mula-Caravaca (1933)
2- Cárcel (1929)
3- Mercado de la Rambla [de San Lorenzo] (1928)
4- Campo de fútbol de La Condomina (1924)
5- Nueva Plaza de Abastos (Mercado de Verónicas) (1922)
6- Primer depósito de Agua (1923) 
7- Segundo depósito de Agua (1924)
8- Cuartel de Artillería ‘Jaime I el Conquistador’ (1925)
9- Edificio de Correos y Telégrafos (inaugurado en 1931)


Antigua Plaza de Abastos construida alrededor de 1860 (foto Thomas, ca.1915)



Nueva plaza de Abastos [Mercado de Verónicas], 1922. (foto: c.1930) 

La nueva Plaza de Abastos (Mercado de Verónicas), que sustituía a la anterior por vieja e insalubre, estaba recién inaugurada. Las obras comenzaron en 1915, siendo recibida la construcción por parte del Ayuntamiento el 8 de abril de 1922, por lo que, cuando se cayó el depósito, cumplía un año exacto desde su inauguración.


Ilustración del proyecto ['El Tiempo',10 de septiembre de 1922]

El Cuartel de Artillería de la calle Cartagena -bautizado como Jaime El Conquistador- empezó a construirse siendo D. Juan de la Cierva ministro de la Guerra, quien, recién llegado de Madrid, puso la primera piedra en la tarde el domingo 11 de diciembre de 1921; las obras arrancaron, definitivamente, el 22 de febrero de 1922.  
Los 350 obreros que participaron en su construcción hicieron huelga en más de una ocasión por motivos económicos (pedían ¡qué disparate! el incremento en el sueldo de una peseta diaria y trabajar 48 horas semanales), por lo que las obras se vieron paralizadas en más de una ocasión; siendo por fin terminadas y entregadas para el alojamiento del Regimiento de Sevilla 33, el 30 de noviembre de 1925. Las tropas, venidas en tren a Murcia, antes de su acuartelamiento, desfilaron por la ciudad, siendo recibidas con el natural entusiasmo de sus habitantes. 


Junto al borde inferior, la Cárcel; sobre ella, la estación de Mula-Caravaca (foto c.1960)

La Cárcel, situada en unos terrenos conocidos como ‘La Torre de la Marquesa’,  viene a sustituir a las dos cárceles que por entonces había en la ciudad: la vieja cárcel que estaba situada el el edificio anejo al Cuartel de Artillería, en la Ronda de Garay, barrio de San Juan; y, la inmunda Cárcel que había en un vetusto caserón situado en la calle Vara de Rey [frente a la desaparecida taberna ‘El Cuervo’]. Este edificio, antes de Cárcel fue, entre 1852 y 1855, Asilo Provisional para los Dementes recibidos “de tránsito” [a Valencia]; y anterior a esto, en su origen, fue ‘Casa de Recogidas de Santa María Magdalena’.  

Comienza a ser construida, después de interminables demoras, en 1926 (la prensa predijo el comienzo para 1922), finalizando sus obras el 19 de mayo de 1929; siendo ocupada por los primeros ‘inquilinos’ el 8 de agosto de ese mismo año.


También en la década de los años 20 fueron construidos otros edificios de uso público: el campo de fútbol de La Condomina (1924), el Mercado de la Rambla [de San Lorenzo] (1928), la Estación de Mula-Caravaca (1933) y el edificio de Correos y Telégrafos [el de la calle Correos] (1931).






Como anécdota final diré que el mismo año del derrumbe del depósito el señor alcalde, don Recaredo Fernández Velasco, dictó un bando en el que se dice: 
«A partir del 25 de octubre de 1923 se prohibe la circulación de vacas y cabras por las calles de Murcia, debiendo hacerse la distribución de leche en vasijas adecuadas y herméticamente cerradas»
por lo que se impedía, según cálculos municipales, la entrada de unas 2.000 cabras que abastecían de leche a la ciudad, a fin de evitar el rastro de suciedad que inevitablemente dejaban y la propagación de enfermedades asociadas a estos animales. 
Ni que decir tiene que el seguimiento de ese bando no fue muy estricto por parte de los funcionarios, y poco cumplido por los lecheros; lecheros que por otra parte eran frecuentemente multados por añadidura de agua y falta de higiene de los utensilios y de los animales. 






Murcia, febrero de 2017



Fuentes:
Archivo Municipal de Murcia
Archivo Regional de Murcia
Fototeca de la Región de Murcia (Vuelo Ruiz de Alda 1928/29)
Hemeroteca Digital, Biblioteca Nacional de España (BNE)
Plano de D. Pedro García Faria (1896)
Archivo de imágenes de Internet

lunes, 9 de enero de 2017

CLIFFORD Y MURCIA



 Viernes, 24 de octubre de 1862
La pasajera toquetea con desgana la lujosa pulsera que se ciñe a su gruesa muñeca, mientras pierde la mirada en el monótono paisaje que rodea al tren que la traslada desde Cartagena hasta la ciudad de Murcia. Los párpados, casi cerrados, apenas dejan entrever el azul transparente de sus ojos. Recostada sobre un cómodo sillón, la viajera revela el cansancio que la oronda figura conlleva después del largo viaje que le ocupa por tierras del sur de España. Las espirales de humo denso y fantástico que exhala la locomotora desdibujan la línea del horizonte. 
En la estación aguarda el lujoso carruaje que ha de llevarla al centro de la ciudad. A su llegada, un nuevo aguacero hace que se extiendan, aún más, los abundantes charcos y barrizales provocados por las lluvias de días anteriores. A su paso, las ruedas del coche labran profundos surcos en el lodo, a la vez que salpican gotas de barro a los transeúntes. El recorrido se hace lento y penoso. A la entrada de la vieja plaza de toros por la que cruza, un enorme arco recién construido da la bienvenida. Por fin, después de pasar por el único puente que une las dos mitades en las que el río divide la ciudad, termina el trayecto en la Catedral, donde ya tenía prevista su visita. Repican solemnes las campanas.

Mientras tanto, un joven galés que también ha llegado en el mismo tren, por indicación de un lugareño, encuentra un alojamiento sencillo en el que acomodarse estos días de visita a la ciudad. 
En la Fonda de La Vicenta, en la Plaza del Esparto*, un grupo de mujeres regatea a coro los precios de los paños que un comerciante venido de Cataluña pone a la venta en este local sólo por unos días: «Pañuelos de varias clases y tamaños: desde 7 y 1/2 hasta 100 reales; pantalones de Casimir de 50, 55, 60, 75 y 80 reales; Castores á 40 reales, vara; Tartanes á 6 y 10 y 1/2 reales, vara».

Teatro de Los Infantes (1862)

El viajero —de nombre Charles—, entre tanto alboroto, logra por fin ponerse en contacto con la patrona, ofreciéndole ésta un modesto cuarto con un balcón que da a la fachada del flamante teatro que ha de inaugurarse el próximo domingo.
Después de dejar sus avíos de trabajo, con la curiosidad de un adolescente, sale de su cuarto a pasear por las estrechas callejuelas que, finalmente, lo conducen hacia la Catedral, en el centro mismo de este demacrado villorrio. 
La tarde se presenta fresca, así que decide entrar en un concurrido local junto al río, no muy lejos del Ayuntamiento. Por suerte, una mesa vacía persuade al extranjero y pide sin dificultad un té que, pasado un buen rato, recibe con sorpresa al encontrar un trozo de limón flotando en su superficie. Después de estar viviendo más de diez años en España habla con fluidez el castellano, pero no puede evitar el cómico acento con el que se expresa. 

⎯ Un té, sin limón, aquí en Murcia, ni es té ni es ná. Aquí se echa limón a tó.
⎯ ¡Ah! bien, bien… probaré así. Gracias. —Responde circunspecto.

Llama la atención del forastero la animada tertulia que hay en una mesa cercana, y, a su vez, éste llama la atención de un tertuliano que ha oido el singular acento con el que el galés se ha dirigido al camarero en el momento de mostrar su extrañeza por el novedoso inquilino de su bebistrajo. 

El Sr. Marqués, que es así como todo el mundo lo llama, se dirige al extranjero, invitándolo a compartir mesa con los demás contertulios. Acepta agradecido. La velada se prolonga hasta que los desvencijados faroles de aceite comienzan a titilar, anunciando ―tacaños― la llegada del crepúsculo. Quedan al día siguiente para visitar la casa que el Sr. Marqués tiene en las afueras de la ciudad, junto al río.  Desde allí promete una vista extraordinaria de la capital. 
Jerónimo, un joven andaluz recién llegado a Murcia, y que también comparte el palique, se apunta a la visita con entusiasmo.

Por otro lado, la viajera, después de la obligada visita a la Catedral donde en señal de agradecimiento ha ofrecido un 'Tedeum', antes de dirigirse a su aposento recorre las estrechas calles principales del centro: Trapería, Platería, Contraste* y Frenería. Por fin, sin más ceremonia, se retira a descansar.

(*) Plaza del Esparto: actual plaza de Romea
(*) Calle Contraste: actual calle Pascual



Sábado, 25 de octubre de 1862
Al día siguiente, Charles se reúne con Jerónimo en el mismo café donde se conocieron y suben al carro que los llevará a la casa del Marqués. Charles lleva un extraño artilugio que llama la atención del joven Jerónimo que, aunque ha oido hablar de él, hasta ahora no había tenido la oportunidad de verlo. Un cielo repleto de grises los acompaña. 

[El nuevo prodigio de la fotografía había llegado a Murcia en un par de ocasiones de forma temporal: en 1858 y 1860. En ambos casos, los fotógrafos ambulantes situaron sus estudios en el hoy desaparecido Arco del Vizconde]. 

Al llegar, el Marqués los recibe con una amplia sonrisa, invitándolos a pasar y ofreciéndoles café. Aceptan agradecidos. Después de tan cordial recibimiento trufado con algunas anécdotas sobre las tradiciones del lugar, les propone subir a la torre que se alza dentro del gran patio central que forma la vivienda, recomendando a Charles que lleve el ingenio que ha traído y aproveche para fotografiar el paisaje que desde allí arriba se aprecia. La estrecha escalerilla da acceso a tres niveles distintos, estando el último coronado por un balconcillo octogonal que lo rodea, dándole el aspecto de ser un faro sobre un mar de verdes. Suben y quedan mudos mientras contemplan el hermoso paisaje salpicado de cúpulas, torres y campanarios que tanto abundan por toda la ciudad. La torre de la Catedral destaca notablemente sobre el tenue perfil de los edificios que la rodean. 
D. Pedro Rosique —el Marqués de Camachos— mira satisfecho el paisaje que se ofrece a la vista, mientras embute sus manos en los amplios bolsillos del pantalón, pronunciando de esta manera la leve barriga que atesora.  
Jerónimo, apoyado en la frágil barandilla y visiblemente emocionado, no sospecha en ese momento que está contemplando la ciudad en la que años más tarde ejercerá como alcalde. Ante él se extiende el enorme soto del río que en 1908 habrá de convertirse en un gran parque al que dará —sin él quererlo— sus apellidos: Ruiz Hidalgo.
Socorrido por Jerónimo, quien apenas puede proteger el artefacto con un paraguas del súbito chaparrón que en este instante comienza, Charles Clifford —que es éste el nombre completo del extraño—, dispone el trípode y, con la parsimonia que acostumbra, prepara el invento; queda admirado por el magnífico paisaje que frente a él se brinda; busca el mejor encuadre posible y, finalmente, captura la imagen que quedará —sin saberlo— como prueba de la ciudad modesta y tranquila que en ese momento es Murcia; ciudad que con el paso del tiempo irá perdiendo todo su hechizo, quedando apenas testimonio de lo que ahora tiene ante sus ojos.

Vista de Murcia, fotografía de Charles Clifford (1862) 

En ese mismo momento, la viajera, después de un besamanos tedioso y visitas a algunos conventos bajo un manto de lluvia, recorre las calles en el magnífico carro del que tiran seis hermosos alazanes, a la vez que los habitantes de la huerta, confundidos con los de la ciudad, no cesan de demostrar su ardiente entusiasmo. 
Es ahora —en el mismo instante en que Clifford está ejecutando la fotografía— es ahora, digo, cuando la majestuosa viajera, S. M. La Reina Isabel II, advierte en su rolliza muñeca el extravío de la ostentosa pulsera que tanto gustaba de acariciar. 

E. L. R. 2017

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Charles Clifford, nacido en Gales en 1819, se establece como fotógrafo en Madrid alrededor de 1850. Fotografió monumentos y vistas de gran parte de la geografía española. Fue fotógrafo oficial de la Reina Isabel II, a quien acompañó en el viaje que hizo por tierras de Andalucía y Murcia en septiembre y octubre de 1862, dos meses antes de fallecer en Madrid, el 1 de enero de 1863.
Su legado fotográfico, además de su indudable valor artístico, es un importante documento de la España de mediados del siglo XIX, cuando la fotografía, prácticamente recién nacida, experimenta una rapidísima expansión y un desarrollo técnico que nos dejó imágenes extraordinarias, difíciles de superar aún hoy día.




La Reina Isabel II

La Reina Isabel II, en su periplo por el sur de España (desde el 12 de septiembre, al 31 de octubre de 1862), visitó todas las capitales andaluzas -a excepción de Huelva-.
En la provincia de Murcia visitó Cartagena, donde había arribado en barco desde Almería, llegando a Murcia en tren sobre un trazado férreo todavía provisional y la estación -la actual- aún por construir.
En su visita a Murcia se alojó el el Palacio Episcopal; visitó conventos (Capuchinas, Agustinas y Teresas) e iglesias (en la de San Agustín vio la obra de Salzillo); distribuyó donativos por parroquias de la ciudad y pedanías por valor de 372.000 reales; los traslados por la ciudad, siempre en olor de multitudes, los hizo en un majestuoso carruaje tirado por seis alazanes. En acuerdo municipal se decide cambiar nombre de la calle Trapería por el de ‘Príncipe Alfonso’. El día 26 visitó el Santuario de la Fuensanta. 
También, ese mismo día 26, inauguró el Teatro llamado de Los Infantes [Romea] en honor a los hijos de la Reina; asistiendo con su propia compañía el mismísimo Julián Romea.   
 
Recorridos de la Reina Isabel II durante su estancia en la ciudad de Murcia, en el mes de octubre de 1862



Arco de Triunfo construido 'ad hoc' a la entrada de la antigua plaza de toros (Camachos)
 con motivo de la visita de la Reina Isabel II a Murcia (imagen: Charles Clifford, 1862)
 


Isabel II: así, de cerca, impresiona


Respecto a la anécdota sobre la pérdida de la pulsera, aunque yo le doy un contexto distinto, existe un libro que la documenta: "Crónica oficial de la visita a Murcia de SS.MM. y AA" escrito por Miguel R. Arróniz, (donde narra con todo lujo de detalles, el viaje regio por estas tierras los días 24, 25, 26 y 27), pero el hecho lo sitúa en la entrada del Teatro Romea, el día de su inauguración, donde una mujer encuentra una lujosa pulsera...



... aunque puede que sea un añadido, con el propósito de ensalzar la honradez y las virtudes del pueblo murciano. Vamos lo que hoy se dice 'meter una morcilla'. Naturalmente no pudo ser localizada tan virtuosa joven, así que nadie se presentó ante la Reina al día siguiente. 

Partió de Murcia, de regreso a la corte de Madrid, el día 27, donde llega el 31, después de haber recalado en Orihuela, Novelda y Aranjuez.




D. Pedro Rosique y Hernández, segundo Marqués de Camachos

Pedro Rosique y Hernandez (Lorca, 1804), segundo Marqués de Camachos, tiene un largo historial político tanto a nivel regional, como nacional. Los inicios de su carrera política tienen su origen en la ciudad de Cartagena, donde fue nombrado Regidor Perpetuo, además de Alférez Mayor, Alcalde de La Santa Hermandad y Comandante de la Milicia Urbana.
Como líder de Partido Progresista, preside la Junta Provisional de Gobierno de la provincia de Murcia durante la regencia del general Espartero (1840-1843). Es sitiado en Murcia por columnas enviadas por los conservadores, provenientes de Cartagena y Orihuela. 
En 1843, exilio forzoso de cuatro años en Madrid. Regresa a Murcia y, en 1854, es nombrado Gobernador de la ciudad. Ese mismo año la Reina Isabel II lo nombra Caballero con la Gran Cruz de La Orden de Carlos III. En 1859 se le nombra, vitalicio, Senador del Reino.
Impulsó la construcción de la línea ferroviaria entre Albacete y Cartagena, y que finalmente pudo ver su inauguración en la visita de la Reina Isabel II a Murcia. 
Muere en Madrid en 1869. Sus restos fueron trasladados a Murcia en ferrocarril.




D. Jerónimo Ruiz Hidalgo, Alcalde de Murcia (6/2/1907-30/6/1909)

Jerónimo Ruiz Hidalgo (Alcalá la Real, Jaén, 1842). Poco se sabe sobre los primeros años de la vida de este alcalaíno que de joven estudió en Granada, donde ya destacaba por su capacidad para la política y su habilidad en el mundo mercantil. No está muy clara la fecha en la que aparece en Murcia, pero pronto destaca como negociante y se permite comprar molinos hidráulicos para la producción de harinas y, más tarde, de energía eléctrica (como el que tenía en Archena), por lo que es muy probable que conociera al Marqués de Camachos, ya que éste, entre otras propiedades, era dueño del conocido Molino del Marqués, en el antiguo camino de Beniaján y Orihuela. Tenía el Marqués junto al molino una casa de planta cuadrangular que formaba un patio interior, donde destacaba una torre.
Ruiz Hidalgo escaló con rapidez protagonismo en la sociedad murciana de la época, por lo que llegó a la alcaldía de esta ciudad entre 1907 y 1909. Entre sus mayores logros durante su actividad política deja, ya en el recuerdo, el conocido Parque Ruiz Hidalgo, aprovechando el enorme soto que se extendía entre el puente Viejo y el Molino del Marqués; lo que el río regalaba, ocasionalmente lo reclamaba, de manera que no fueron pocas las veces que el río arrasara las ferias y otros eventos que allí se organizaban. El parque, inaugurado en 1908, deja de existir a mediados de los 50, debido a las nuevas obras de canalización del Segura a su paso por Murcia.
D. Jerónimo Ruiz Hidalgo muere en Murcia, con 86 años, el 23 de octubre de 1928.

P.D. He tenido la curiosidad de buscar en el callejero de Murcia el nombre del ilustre prócer, y localizo una modesta calle en el barrio del Carmen frente a la estación del tren, junto a la plaza de Zarandona, y la verdad… yo creo que merece una vía de mayor importancia, porque esto del nombre de algunas calles es para mear y no echar gota… en la avenida de los Pinos (¡qué original!)… no hay ningún pino: ¡son palmeras!… entonces ¿a qué viene ese nombre?. ¿Y La Redonda? ¿qué me dicen?, aunque está ya tan arraigado, que se hace difícil su modificación.
Otra: ¿Qué hizo D. Juan de Borbón por Murcia para que merezca dar nombre a tan importante arteria?. En un principio se nombró esta avenida como Isaac Peral, un ilustre cartagenero con méritos propios para merecer este reconocimiento, pero... se cambió. Un cambio que pasó -casi- desapercibido para los habitantes capitalinos, no tanto así para los de Cartagena, donde se tomó como una afrenta. Otra: Miguel Induráin: sí, es verdad, nos dio muchos momentos de alegría, pero tener una de las mayores vías de la ciudad con su nombre, parece un poco exagerado. 

La proliferación de tantos nombres de calles, avenidas y lugares alusivos a la familia Real (sin hacer una valoración del asunto regio), se me hace un poco empalagosa: Avdas. de Juan Carlos I, Juan de Borbón, Príncipe de Asturias (con pabellón deportivo homónimo incluido), Condes de Barcelona, Hospital Reina Sofía,... 


Nota:
 La relación que se establece entre los cuatro personajes que protagonizan esta historia aunque es poco probable… no es del todo imposible.
Esta historia parte de hechos reales: Clifford viaja a Murcia, en 1862, con La Reina Isabel II, de la que era fotógrafo oficial. El Marqués de Camachos, por sus años de exilio en Madrid (entre 1843 y 1847), era bien conocido por la Reina, y, además, se vio con ella con ocasión del besamanos a Isabel II que tuvo lugar en el Palacio Episcopal de Murcia el día 25. No es de extrañar por lo tanto que Clifford y el Sr. Marqués se conocieran uno de estos días, e invitara éste al extranjero a conocer su casa por su situación privilegiada para poder hacer la foto desde la torre de su palacete.  
Por otro lado Ruiz Hidalgo, que en 1862 tenía 20 años, es casi seguro que estuviera entonces en Granada, por sus estudios en la Universidad de esta ciudad, así que es la pieza más difícil de encajar en esta historia... pero no imposible, porque podría haber venido a Murcia al encuentro de algún negocio, o cualquier otra cosa... en fin, hay que dar alas a la imaginación. ¿Por qué no? 

                                                                                                                                  

Murcia, enero de 2017



Punto de vista y situación de los principales edificios sobre la línea de proyección (LP, en azul)




Punto de vista (sobre el plano de García Faria de 1896) desde el que Clifford hizo la fotografía

(Los puntos 1 y 2 son los extremos de la anchura total de la foto, y sobre la línea comprendida entre ambos se encuentran los segmentos (a, b, c...) coincidiendo, proporcionalmente, con los de la imagen superior a esta)

Croquis de la situación de molino del Marqués de Camachos 
(Publicado en 'La Lira del Tader', el 20 de Julio de 1845)


Otra versión tomada desde el mismo sitio, cuyo autor desconozco. La instantánea debe ser posterior
 a la de Clifford ya que la hilera de árboles que hay frente al Cuartel y Cárcel están más desarrollados

La foto de Clifford (izq.) junto a otra editada por Romero y La Covachuelatomadas casi con el mismo encuadre. .

En la postal coloreada podemos ver -y bien claro- que la arboleda del Parque Ruiz Hidalgo está ya bastante crecida, y teniendo en cuenta que se inauguró en 1908, puede decirse que la imagen pertenece a la segunda década del s. XX, por lo que ambas están separadas en el tiempo, aunque no lo parezca ¡más de cincuenta años!


En la imagen tomada desde el Parque Ruiz Hidalgo -que por la juventud de su arbolado podemos decir que está tomada poco después de su inauguración-, destaca al fondo, en solitario, la torre de la casa del Marqués, que es el único edificio de su zona con la altura suficiente para que pueda posibilitar un punto de vista similar al de la foto de Clifford.

Torre de la casa y 'molino del Marqués' (de Camachos), y la barca utilizada para cruzar el río.
La imagen se tomó justo enfrente de donde actualmente está el Hospital Reina Sofía

El emplazamiento de la casa del Marqués, ayer y hoy

El edificio se mantuvo en pie hasta mediados de los años 70, cuando fue derribado como consecuencia del ensanche de la ciudad (el polígono Infante Juan Manuel)
(Foto: FOAT S.L. 1966, Arch. General Región de Murcia) 

Fuentes:
Archivo Municipal de Murcia
Archivo General de la Región de Murcia
Biblioteca Nacional de España
Plano de Pedro García Faria (1896)
Cartomur (IDERM)
Imágenes WEB
Wikipedia

Edición: Esteban Linares