viernes, 13 de julio de 2018

EL GRAN BASURERO


La forma tan sencilla que ahora tenemos de deshacernos de las basuras en diferentes contenedores, en muchos casos soterrados, para su ulterior reciclaje, no fue siempre tan sencillo. Incluso la recogida de basuras -tal como hoy lo entendemos- por parte de los servicios de limpieza es relativamente reciente.


Vertedero de basuras de la Puerta de Orihuela (Murcia, 1953)

Siglos atrás, la basura, por ser principalmente de origen orgánico, era recogida y, transformada en compost, utilizada por hortelanos y huertanos como abono para sus tierras de cultivo. Sin embargo, por ser irregular la recogida, era frecuente arrojarla a discreción en solares próximos a las viviendas, provocando las inevitables pestilencias y la propagación de enfermedades. Ya en el siglo XVIII se promulgaban edictos donde se obligaba a los moradores, bajo pena de multa, a barrer y regar las confrontaciones de las casas; al menos dos veces al día. De hecho, ha derivado en costumbre que aún se mantiene, especialmente en zonas rurales.
En el siglo XIX, los ayuntamientos, para incrementar los ingresos de las empobrecidas arcas municipales, sacaban a subasta el barrido de las calles y la recogida de basuras que en ella hubiera para que, después de su transformación en abono, fuera vendida a los agricultores. Estas regulaciones del servicio de recogidas provocaba numerosos conflictos con otros basureros que por cuenta propia recogían los desperdicios. Hasta bien entrado el siglo XX, en Murcia, la gente seguía arrojando basura y escombros de forma indiscriminada.


Imagen: vertedero de basuras y escombros en el Botánico, junto a Juan de la Cierva (Murcia, 1965)


 El pésimo servicio de recogidas, unido al bajo nivel cultural, mantenía el atávico comportamiento de una parte de sus ciudadanos. Era muy frecuente arrojar la basura al río, y a los solares y descampados que tanto abundaban; de hecho, junto a la explanada del Malecón había un solar utilizado como vertedero de basuras y escombros, incluso por los mismos empleados de la recogida.


Situación que tuvo el último gran vertedero (Murcia, 1928)

El último gran vertedero de basuras que hubo en Murcia estaba situado en parte de los terrenos del que fuera el cementerio de la Puerta de Orihuela, junto al Jardín de las Palmeras.

Dada la costumbre de las inhumaciones dentro de las ciudades, y en vista de la fácil propagación de enfermedades que esto conllevaba, se decidió, en el primer tercio del siglo XIX, sacar las zonas de enterramientos a las afueras de las poblaciones mediante Reales Órdenes. De esta forma se impuso a los ayuntamientos a disponer de solares para su uso como cementerios en la periferia de las ciudades. En Murcia hubo dos cementerios cercanos a la ciudad hasta 1887, año en que ambos fueron clausurados definitivamente, obligando a que los enterramientos se hiciesen en el nuevo cementerio de Nuestro Padre Jesús, al norte de Espinardo. (Los vecinos de esta pedanía manifestaron, a través de misivas al alcalde y a la prensa, sus quejas donde rehusaban el paso de los carruajes mortuorios por la Calle Mayor de la pedanía. Estas peticiones fueron desechadas ante la imposibilidad de arribar al cementerio por otro trayecto). La Puerta de Castilla, en noroeste de la ciudad (entre el convento de Agustinas y la Ermita de San Antón) marcaba, a principios del siglo XIX, los límites de la ciudad en esa zona. Allí se situaba, en extramuros, cercano al desaparecido convento de San Diego, el cementerio que daba servicios funerarios al área de poniente de la ciudad de Murcia.


Plano de situación del antiguo cementerio de la Puerta de Castilla (La Albatalía, Murcia)

El otro cementerio estaba situado, como ya he dicho, junto al «Jardín de las Palmeras» (de hecho, cuando yo era niño -antes de que se construyese el Polígono de la Paz- íbamos allí a comprar los exquisitos dátiles que daban (¿dan?) las numerosas palmeras del lugar. Todo el mundo lo conocía como el «Huerto del Cementerio»).
Debido al estado de abandono en que se encontraba este cementerio, en virtud de la aprobación por parte de las autoridades civil y eclesiástica, en 1923 se promulgó en el Boletín Oficial de la provincia, que, acabado el año, se procedería a la exhumación de los restos que allí aún había, para su traslado al cementerio de N. P. Jesús; quedando definitivamente eliminado. 

Ya en las primeras décadas del siglo XX, y después de las numerosas quejas del vecindario próximo a la Condomina por los constantes vertidos de basuras en esa zona, aprovechando la monda del viejo cementerio, parte de este será utilizado como nuevo vertedero de basuras. Lo que empezó de forma provisional fue consolidándose hasta que empezaron en los años 40 las numerosas quejas de los vecinos, ahora los de la Puerta de Orihuela, por los malos olores que emanaban del vertedero; quejas, a las que se sumaron posteriormente, en los 50, las protestas de la incipiente barriada de Vistabella, clausurándose definitivamente en 1958 como vertedero municipal; después de numerosas reclamaciones de  los vecinos, así como los cuantiosos artículos en la prensa diaria y, especialmente, al esfuerzo del doctor García Pérez en su infatigable empeño para la clausura del gran vertedero de basuras que allí había. Durante su vida útil como depósito de inmundicias, el Ayuntamiento ponía a la venta la basura, una vez convertida en abono para su uso agrícola. (14 pesetas los 50 capazos, en 1940). 



Vertedero de escombros junto a la plaza de Castilla (Murcia, 1975)

Los solares y descampados junto a las carreteras de entrada a la ciudad eran utilizados indiscriminadamente por albañiles y constructores como vertederos de escombros, por lo que el aspecto con el que la ciudad recibía a sus visitantes y moradores era bochornoso. En 1961, el alcalde Sr. Gómez Jiménez de Cisneros dispuso un solar cercano a la Plaza de Castilla, junto a la reubicada lonja, para albergar el escombro generado por las obras; aunque se mantuvo la horrenda costumbre de seguir arrojándolos fuera de él durante mucho tiempo. Aún hoy día quedan faltos de conciencia a los que les importa bien poco lo que las ordenanzas obligan.



Carro de recogida de basuras en la cuesta de los Molinos, hoy Museo Hidráulico (Murcia, 1953) 

El sistema de recogida de basuras, se hacía en carros de tracción animal; estando los vecinos de la ciudad obligados a poner sus desperdicios en un cubo a primeras horas de la mañana según fuera horario de verano o invierno. En el año de 1938, el Ayuntamiento puso a disposición de la recogida de basuras unos nuevos carros cubiertos, adecuados especialmente para esta misión. 


Recogida de basuras con camión. Pz. de Romea, Murcia (1964)

Esta forma de recogida de basura se mantuvo hasta principios de los años 60, cuando fueron sustituidos por unos camiones de regular tamaño, pero no como los que hoy podemos ver por la noche, sino que consistía en la misma manera que con los carros: los camiones pasaban a determinadas horas por las calles de la ciudad, vertiendo en ellos las basuras que las amas de casa -principalmente- entregaban en sus cubos. Como los vehículos incumplían frecuentemente el horario de recogida, se daba un triste (y nauseabundo) espectáculo al verlos por la ciudad haciendo el servicio a cualquier hora del día. 


Bidones de recogida de basuras. Vistabella (Murcia, 1971)

En 1966 se hizo un proyecto piloto de recogida en la barriada de Vistabella. Este consistía en un camión que distribuía a distancia regular unos bidones (de color gris, si mal no recuerdo) para que la gente pudiera echar ahí sus sobras. Al ser insuficientes para albergar las basuras que se generaban, estas rebasaban los bidones, cayendo los excesos por el lateral hasta el suelo: la escena que aquello ocasionaba y el mal olor que se producía, especialmente en verano, daban una imagen lamentable de esta parte de la ciudad.
La cosa tuvo su solución definitiva cuando se introdujeron los contenedores de plástico para arrojar las basuras, y el camión los volcaba a su interior ayudado por dos basureros que se afanaban en el boquete posterior. Ahora ya, ni eso. El conductor del moderno camión de recogida, se sirve de mecanismos auxiliares que elevan el contenedor hasta verter los desperdicios en las entrañas del vehículo con la ayuda de unos botoncitos; llevándose la basura bien lejos de la ciudad para su posterior reciclaje. 
¿Qué será lo próximo?


(Nota: Se puede agrandar el tamaño de las imágenes clicando sobre ellas)

Documentación: 
Archivo Municipal de Murcia
Archivo Regional de Murcia
CARTOMUR (Servicio Cartográfico de la Región de Murcia)
FOTOTECA Digital (Instituo Geográfico Nacional)
"UNA AVENTURA VULGAR" Cortometraje dirigido por Antonio Crespo (1953)
Dibujos: Esteban Linares

Edición E.L.R. (julio 2018)


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sábado, 7 de julio de 2018

MURCIA: PUENTE NUEVO ROJO

PUENTE NUEVO ROJO (Serigrafía s/ papel, 28x76 cm). Esteban Linares
(Clicar sobre la imagen para agrandar)

viernes, 6 de julio de 2018

MURCIA: PUENTE VIEJO ROJO


PUENTE VIEJO ROJO (Serigrafía s/ papel, 28x76 cm). Esteban Linares

(Clicar sobre la imagen para agrandar)

martes, 3 de julio de 2018

LOS CHICOS (1959)

Sinopsis:
Tres chicos se citan regularmente en el quiosco de su amigo el 'Chispa', hijo del dueño. Uno de ellos tiene que estudiar y los otros tres van al cine; aunque, por ser menores de edad, no los dejan entrar. Andrés trabaja de botones en un hotel y sueña con ser torero, Carlos es estudiante, y el 'Negro' es un muchacho tímido. Por lo que, junto al 'Chispa', forman una pandilla de cuatro adolescentes con ganas de divertirse. Sin embargo, la realidad los obliga a enfrentarse con los problemas de un mundo real, un mundo exclusivo creado solo para adultos.
Película dirigida por Marco Ferreri en 1959. 

En el quiosco prenden con pinzas las revistas y tebeos, de manera que así quedan expuestas al cliente un buen número de portadas. Una de ella, la revista Fotos muestra una imagen que a todos los murcianos nos resulta muy familiar.



La película, a pesar de no ser de las mejores de Ferreri (El pisito, 1959; El cochecito, 1960), se deja ver sin sobresaltos; y a algunos nos sirve como documento que nos traslada, sin remedio, a la atmósfera de nuestra infancia.




Y de paso, bajo la portada de Fotos, vemos en la desaparecida revista Triunfo a nuestro admirado Paco Rabal junto a Maria Félix en la película Sonatas (O Aventuras del Marqués de Bradomín), de Juan Antonio Barden (también de 1959).

Casualidades de la vida.


P.S. Las imágenes son ampliables.




lunes, 4 de junio de 2018

El verdadero Gran Hermano



Estuve metido en FB una temporada; incluso era bastante 'activo'. Con el tiempo, harto y desengañado, permanecí cuatro o cinco años sin contacto alguno con esta 'corrala'. Hace un par de días volví a entrar, pero esta vez ha sido para darme de baja y desaparecer definitivamente de esta pegajosa red. ¡Qué a gusto me he quedado! De ahí, que me parece oportuno compartir esta Carta al Director que me publicó El País la primavera pasada.




Versión digital





Publicada en EL PAÍS el domingo, 8 de abril de 2018

LA CALLE (DE) CORREOS DE MURCIA




La Calle de Correos en su tramo Ceballos-Villacis (1953). Las imágenes se pueden ampliar clicando sobre ellas.




El éxodo de la población rural a los núcleos industriosos en el siglo XIX provoca el rápido crecimiento de las grandes ciudades europeas que, con sus calles de intrincados y angostos trazados, junto a la necesidad de mejorar la deficiente salubridad de las mismas (que acarreaban, además, frecuentes epidemias: cólera, peste, tifus…), obligó al desarrollo de grandes proyectos de reformas urbanas que tratasen de aliviar este gran problema sumado, al principio, al creciente tránsito de carruajes, y, posteriormente, ya entrado el siglo XX, el de los vehículos motorizados. 
Son bien conocidos los planes de transformación de ciudades como París (Haussmann), el Plan Cerdá (El Eixample) en Barcelona, el barrio de Salamanca de Madrid, cuyo trazado fue diseñado por José de Salamanca y Mayol (de quien tomó el nombre) y, ya entrado el siglo XX, la Gran Vía, también en Madrid.

Una pequeña ciudad como era entonces Murcia, tenía igualmente, aunque a menor escala, la necesidad de redibujar el trazado de sus estrechas callejuelas y resolver de alguna manera los problemas de higiene generados por las pésimas y escasas infraestructuras, además del tráfico, que aunque modesto, ya empezaba a plantear serios problemas debido precisamente a la angostura de sus calles.

Plano de la ciudad Murcia (1896)

El trazado de las calles de Murcia en el s. XIX y a principios del siglo XX, con algunas diferencias, era (y es) en gran parte el que se heredó de la presencia musulmana que hasta el siglo XIII hubo en la ciudad; y ya, como ciudad cristiana, aunque con algunas reformas ordenadas por Alfonso X, Sancho IV y Enrique IV, se puede decir que aún conserva, grosso modo, el aroma del trazado primigenio. Reformas que se ejecutaron principalmente para la desaparición de adarves (callejones sin salida) que tanto abundaban entonces por la singular concepción de las viviendas en la cultura musulmana: de puertas adentro. Al contrario que las cristianas que lo hacen de puertas afuera, mostrando así, en la fachada, la clase social del propietario de la casa. Hasta hace menos de 100 años todavía quedaban muchos adarves. Incluso hoy día quedan unos pocos. En la calle Cortés hay uno; la calle de la Muleta en la calle Vinader; el tramo sur de la calle Hidalgo, en la calle Arrixaca; y hasta hace poco el callejón de la Brujera, en la calle Aistor; el callejón de La Paz, que estaba situado en la calle del Pilar (hoy lo ocupa la plazuela que hay en esa calle); calle Vidrio, junto a la plaza de la Paja, otro frente a la plaza Jufré (o Jofré o Joufré, que hay para todos los gustos) en Platería...


 
Localización de los adarves en la ciudad de Murcia y su paulatina desaparición según los planos de 1821, 1896 y 1973. La razón de que se encuentren, en su mayoría, en el oeste de la ciudad se debe a la partición que en ella se hizo en el s. XIII: cristianos, levante; musulmanes, poniente.
En la Trapería se construyó el muro que la dividió en dos partes. Poco después se derribó, quedando esta calle ensanchada como la conocemos hoy día. 

La idea de abrir grandes vías empieza a plantearse en el Ayuntamiento murciano a finales del siglo XIX. Hubo numerosos proyectos, de los que solo unos pocos se llevaron a cabo; principalmente entre los años treinta a los sesenta del pasado siglo. Se pretendía abrir un par de avenidas cuyos ejes N-S y E-W habrían destrozado por completo el casco viejo de la ciudad (uno, que finalmente si se hizo realidad: el de la Gran Vía actual, y otro desde la plaza de toros hasta la plaza de San Agustín). Existe un magnífico plano de los años treinta al que se superpone el diseño de nuevas grandes vías y una malla cuadrangular de manzanas dispuestas regularmente que, de haberse cumplido, habría dejado una ciudad que no padecería lo que hoy venimos sufriendo: la carencia de grandes ejes que vertebren los diferentes barrios, especialmente norte-sur. 
Este proyecto no contemplaba la partición de la ciudad por el terrible tajo que supuso la construcción de la Gran Vía. 



Plano de un proyecto de urbanización la ciudad de Murcia (años 30)


La primera Gran Vía que se hace en Murcia tiene como propósito unir la plaza de Santo Domingo con la estación de Mula-Caravaca. Para ello hubo que derribar el Palacio de los Vélez (también casa-palacio de los Fajardos), que estaba situado entre los conventos de Las Claras y de La Anas, justo donde arranca Alfonso X hacia el norte. El Gobierno Civil tuvo allí su sede en la segunda mitad del s. XIX, hasta 1909, año en que se traslada a la casa-palacio de los Riquelme, en la calle del mismo nombre, y que por entonces era conocida por la casa de la Marquesa de Salinas. Después de esto, el palacio Vélez fue utilizado como nueva sede del colegio Jesús María (anteriormente estuvo situado en la calle Zambrana, actual A. Baquero), hasta que las Milicias, en julio 1936, desalojaron a las monjas del edificio para utilizarlo como su cuartel general; pero esto duró muy poco y no impidió su derribo un mes más tarde, en agosto de 1936.



La Calle (de) Correos arranca en la plaza de Ceballos. "El nombre de esta plaza (también Zeballos), puede deberse Matheos Zeballos, regidor de esta ciudad, o bien a sus descendientes que a mediados del siglo XVIII tuvieron destacados papeles en la política municipal. Era una de las plazas más importantes de la ciudad, donde se celebraban festejos y corridas de toros" (Díaz Cassou). 


En la plaza de Ceballos se derribó, en 1921, el edificio que fue casa y estudio del pintor Nicolás de Villacis para construir, con bastante demora sobre la fecha inicialmente prevista, el nuevo edificio de Correos y Telégrafos; edificio que terminaría por dar, familiarmente, nombre a toda la calle. 



El solar se tuvo sin obrar durante unos años, y, mientras tanto, fue utilizado por los niños para juegos de pelota y bicicleta, para el enfado y las consiguientes quejas de vecinos y comerciantes. Las obras, que comenzaron en 1928 con mucha demora, pues el proyecto estaba aprobado por la Dirección General de Correos desde 1915, se alargaron hasta 1931 para la entrega del nuevo edificio, aunque de forma provisional, el 20 de julio de 1931, pues sólo funcionaba el servicio de correos. Fue inaugurado oficialmente el 5 de agosto de ese mismo año, fecha en que se completó con el funcionamiento del servicio de telégrafos. 


Según acuerdo tomado por el Ayuntamiento en la sesión del 28 de octubre de 1872 la calle Corredera (ahora Simón García) cambiaría su nombre por el de Pintor Villacis. Sin embargo, debieron olvidar el acuerdo tomado aquella fecha, porque el Ayuntamiento aprobó nuevamente una moción presentada en la sesión del 21 de julio de 1893, o sea, pasados veintiún años, para denominar Pintor Villacis el tramo comprendido entre las calles de Apóstoles (desde la puerta del Toro) y Mariano Padilla (antes Corredera, después Mariano Padilla, y no debió gustarles mucho el nombre de este célebre barítono murciano, porque poco después lo cambiaron por el de Simón García). Así que, el tramo más corto de la calle Correos lleva el nombre del insigne discípulo de Velázquez.  

Fue Villacis un pintor bien estimado por sus contemporáneos. Viajó a Madrid, donde conoció a Velázquez. Quizás por consejo del mismo Velázquez viajó a Italia para conocer la pintura de los grandes maestros del Renacimiento. Estuvo en Venecia, Florencia y Roma, donde conoció al excelente pintor Francesco Torriani. Viajó con este a Mendrisio, una pequeña localidad suiza, muy próxima a la frontera con Italia, de donde era natural. Villacis se estableció allí y pasó unos años antes de volver a Murcia, ya casado con la joven Antonia, hermana de Francesco. Mantuvo copiosa correspondencia con Velázquez(*), quien en 1659 le propuso que lo sustituyese como pintor de la Corte de Felipe IV, propuesta a la que renunció (Velázquez murió un año después, en 1660). Ese mismo año regresó a Murcia a causa del fallecimiento de su padre y tener que  hacerse con la hacienda heredada. Compró un solar con huerta en extramuros de la ciudad, lindando, al norte, con la plaza y puerta del Toro (en la anchura que hay frente al hotel Rincón de Pepe) y, al sur, con la calle Corredera (Simón García). Allí hizo construir el gran caserón que le sirvió de vivienda y estudio hasta su fallecimiento el 8 de abril de 1694.

(*) Respecto a la correspondencia entre Velázquez y Villacis se da por cierto, en tanto en cuanto, en el inventario judicial que se hizo después del fallecimiento de este último, aparece dicho paquete de cartas coleccionadas. Palomino (**) da por hecho la existencia de estos documentos, dándola en poder a sus sobrinos de Italia, pues enviaron desde Milán a un apoderado a recoger la herencia y los papeles. Pero posteriormente se supo que las cartas no viajaron a Milán y las tenía, pues aquí quedó familia, un descendiente suyo, D. Francisco Aguilar, que vivió -mucho después de la época citada- en la calle de San Antolín, número 25. A partir de ahí se pierden las pistas.

(**) Antonio Palomino (1655-1726), pintor y biógrafo de los artistas del Siglo de Oro español.




No queda de él mucha obra, ya que o se ha perdido o ha sido destruida por negligentes incendios o desastrosas inundaciones que con tanta frecuencia entonces había. Gran parte de su esfuerzo pictórico lo hizo en el convento de La Trinidad donde plasmó grandes frescos que fueron elogiados por los críticos durante muchas generaciones. Cómo no, el convento fue víctima del hambre demoledora que hubo en Murcia a lo largo del s. XX, dando fin al convento en 1905 para la construir en su solar unas escuelas públicas y el actual Museo de Bellas Artes.


Al compás de este proyecto se contempló la necesidad de abrir una ‘Gran Vía interior’ en lo que hoy todos conocemos por La Calle Correos. Con el término genérico de ‘Gran Vía’ nombraban todos los proyectos de las nuevas avenidas por construir. Así tenemos la ya nombrada ‘Gran Vía interior’; ’La Gran Vía Central’ (la actual Gran Vía Salzillo); las grandes vías del norte, que unirían las carreteras de Madrid y Alicante sin la necesidad de tener que pasar por el viejo casco de la ciudad, o sea, las Rondas Norte y Levante. De ahí el nombre del ya desaparecido cine Gran Vía, en Ronda Norte.

Proyecto Gran Vía interior de Murcia (ca. 1930)


LA CALLE (DE) CORREOS

El proyecto de esta 'gran vía' fue muy costoso, pues hubo que derribar muchas casas, con las consiguientes indemnizaciones; por lo que llevó casi 25 años completarla. Hay que decir que esta calle está compuesta, en realidad, por distintos tramos que, por abreviar, todos decimos la calle Correos. De sur a norte: La plaza de Ceballos, calle Villacis, calle Isidoro de la Cierva, plaza de Cetina y calle Alejandro Séiquer, para terminar desembocando en la calle de la Merced. Pero vayamos por partes, y, si puede ser, cronológicamente.



En 1927 se produce un nuevo derribo en esta calle (hay que recordar que el primero fue la casa de Villacis en 1921). Se trata del edificio que hacía esquina entre la calles de A. Séiquer con Zambrana (ahora Andrés Baquero), que aunque así se llamaba ya oficialmente desde 1921, año del fallecimiento del ilustre pintor, siguió siendo conocida con el popular nombre de calle Zoco, hasta principios de los 50. 


Don Alejandro Séiquer fue una persona muy querida por su bonhomía, y un artista muy bien considerado en su tiempo, hasta el punto de tener una obra suya el Museo del Prado. Fue don Alejandro durante sus estudios en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, discípulo del pintor de origen belga Carlos de Haes, quien fuera uno de los precursores de la pintura al 'aire libre'. De Haes fue maestro también, entre otros, de Joaquín Sorolla, Darío Regollos, Aureliano de Beruete...   

"El amigo del ciego" de A. Séiquer. Óleo s/ tabla 58x48 cm. (1883). Museo del Prado

Quizás la excesiva especialización de la pintura de Séiquer en temas de animales y flores haya hecho decaer su brillo, quedando, inmerecidamente, casi en el olvido. El Círculo de Bellas Artes de Murcia, en homenaje al insigne pintor, descubrió, el 25 de septiembre de 1922, dos placas con su nombre: una en la calle López Puigcerver (la calle de la Gloria), donde nació, y otra en la antigua calle Zoco, donde murió; suceso que daría lugar a cambiar, en su honor, el nombre a esta calle. 

Al principio solo era el tramo comprendido entre la calle Andrés Baquero hasta la Iglesia de San Lorenzo. Años más tarde la calle Alejandro Séiquer se alargó al absorber la calle Saurín (desde San Lorenzo a Cetina) cuando esta se ensanchó por los derribos habidos en sucesivos años.


En la zona inferior de la derecha de la imagen (en oscuro) puede verse parte del solar que había quedado tras el derribo de algunos edificios de la calle A. Séiquer para su alineamiento. 

En 1940 comienza la demolición de las primeras viviendas de la calle Saurín para su ensanche y alineamiento con la de A. Séiquer. La calle Saurín tenía dos tramos bien distintos según sus anchuras: uno desde la calle de San Lorenzo hasta la de Montijo cuyo ancho apenas sí llegaba hasta los tres metros, y el otro, desde la de Montijo hasta su desembocadura en Cetina, con poco más de siete metros.



Derribos en el tramo plaza de Cetina - calle de La Merced

La calle Saurín debía su nombre al sabio D. Joaquín Saurín y Robles (1732-1788), quien fue un intelectual y anticuario. En excavaciones hechas junto a la Ermita de La Luz y en el eremitorio de San Antonio el Pobre, halló restos romanos de gran valor. Llegó a tener una colección de antigüedades entre las más importantes de España. La excelente colección fue heredada por descendientes suyos de Valencia, por lo que se perdió un magnífico tesoro arqueológico para nuestra Región. Fue también impulsor, junto a Salzillo y otros, de la fundación de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Murcia el 17 de diciembre de 1777, cuya autorización vino del rey Carlos III, dos años después de que se fundara la primera R. S. Económica, en Madrid.


 

A la calle Alejandro Séiquer, por su extremo norte, se le vino a sumar el tramo que hay entre A. Baquero y la calle de La Merced cuando fueron derribadas, en 1943, las casas que entre ellas había. Aunque estaba previsto haberlas demolido años atrás, hubo que demorar su derribo hasta ese año, debido a la escasez de dinero en las arcas municipales y a la grave situación habida por la Guerra Civil. Se trataba del viejo edificio que albergaba las antiguas oficinas de Correos y Telégrafos -desde 1911 hasta 1931-, cuando estas se trasladaron al nuevo edificio construido en el solar que ocupaba la Casa Villacis en Ceballos. 



 Todavía quedaba en el proyecto prolongarla, aún más, con la demolición de los edificios (al fondo de la imagen) entre la calle de la Merced y la calle Enrique Villar continuando por el lateral del Teatro Circo. Como sabemos, esto último no se llevó a cabo. (En este caso, creo que, ya puestos, tendrían que haber sido derribados y haberle dado continuidad a la calle Correos; habiendo quedado de esta forma un trazado rectilíneo, paralelo a Alfonso X). 



Parte del edificio de la izquierda (en dibujo superior) se derribó para su retranqueo en 1928, después se rehizo la fachada quedando ensanchada la calle Pintor Villacis en ese corto tramo. Lo que se demolió en 1945 son las casas que se ven a la derecha y centro de la imagen para unir Apóstoles con San Antonio, empezando de esta manera el trazado de la nueva calle  Isidoro de la Cierva; nombre que recibiría esta nueva calle según acordó el pleno del Ayuntamiento, el 6 de junio de 1947.                                                  

         
                                                
La mayor demolición se llevó a cabo entre 1945 y 1949 para unir Cetina con la calle de San Antonio. En esa manzana estuvo la Gran Farmacia, y en espera de su reubicación en el nuevo edificio que se construía al lado, hizo que se demorara su derribo (las casas que se ven al fondo de la imagen). 


Derribos en el tramo plaza de Villacis - plaza de Cetina

El derribo de casi toda la manzana que ocupaban estas casas hizo que desaparecieran dos estrechos callejones, de los tres que eran utilizados por los viandantes para ir de Ceballos a Cetina: 'Portería' (el nombre debió tener su origen en la portería lateral del convento de San Antonio, hoy desaparecida por habérsele adosado un edificio: el del bar Río), y 'Monjas de San Antonio' callejuela entre la calle Fuensanta y Vara de Rey, próximo a Cetina. El tercer callejón, la calle Rocamora, todavía existe (el que va por el lateral del Rincón de Pepe, quebrando en ángulo recto hacia la calle de San Antonio).


El nombre de esta plaza tiene que ver con el apellido Cetina, una familia noble que se perpetuó con tres regidores en el Concejo de Murcia: Gregorio, Jacinto (su hermano) y Joaquín (hijo del primero). El primer Cetina, Gregorio López Cetina procede de Tendilla (Guadalajara), donde tenía registrada su hidalguía. Joaquín Cetina fue contemporáneo de Joaquín Saurín, con quien mantuvo amistad (segunda mitad del siglo XVIII).


A la izquierda, el número 6 de la calle Fuensanta, el último edificio por derribar (imagen de 1933)




El tapón que formaba el número 6 de la calle de La Fuensanta fue arrancado, al fin, en 1949, quedando unidas entre sí esta calle con la de San Antonio; y, por extensión, desde la plaza de Ceballos hasta la calle La Merced, dándole remate a la era de los grandes derribos de la calle Correos.


 

Con la apertura provisional al tránsito, tanto el peatonal como el rodado, en 1949, dejan abierta esta nueva gran vía, a falta de algunos remates que habrían de ultimarse en 1950. 


Aspecto de la plaza de Cetina desde la calle Barrionuevo. La Gran Farmacia ya ubicada en el chaflán del nuevo edificio del centro de la imagen

La plaza de Cetina queda como centro de la calle Correos en la que desembocan cinco calles, siendo uno de los puntos más transitados de la ciudad, tanto por propios, como por extraños. En el solar tapiado de la derecha (dibujo de arriba) se construyó el edificio en cuyas plantas baja y primera se instaló, el 5 de octubre de 1959, lo que entonces era el primer gran almacén nacional: Galerías Preciados; trayendo entre otras cosas el primer supermercado-autoservicio a nuestra ciudad. Allí se mantuvo, hasta su traslado a la Gran Vía en 1970, para, finalmente, terminar engullido por el 'otro'.




Isidoro de la Cierva da nombre a uno de los tramos de esta nueva vía. Fue D. Isidoro (1870-1939) diputado y senador por Murcia entre los años 1909 y 1915. Desde ese año ejerció como notario en Murcia, hasta su nombramiento como Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, cargo que sólo pudo ejercitar durante cuatro días de diciembre de 1922, debido a la caída del Gobierno de José Sánchez Guerra, del que él formaba parte.



Jefe del Partido Conservador de la provincia, destacó notablemente como persona muy culta y amante de las Artes. Fue impulsor de la llegada de la Universidad a Murcia en 1915, así como patrocinador del Sanatorio Antituberculoso de Sierra Espuña. 
Fue tío del ingeniero y político D. Juan de la Cierva y Codorníu, inventor del autogiro.



Lo que nació con vocación de una gran vía es hoy día una modesta calle, en la que convergen estrechas callejuelas del enmarañado trazado urbano de la vieja Murcia. El resultado de este enorme esfuerzo, de tantos años de obras, así como el dinero invertido, dejó una calle que, con una anchura media entre 9 y 10 metros, ahora se nos antoja más 'calle' que 'gran vía'.
  

Cronología de los derribos de la Calle Correos




La Calle Correos de Murcia está editado por E.L.R. en Junio de 2018


Fuentes:
Archivo Regional de Murcia
Archivo Municipal de Murcia
'Callejero Murciano', de Nicolás Ortega Pagán (1973)
Cartomur, Consejería de O. P. de la Región de Murcia
'Una aventura vulgar', cortometraje de Medina Bardón
Museo del Prado, Madrid
Real Sociedad Económica de Amigos del País, Murcia

Dibujos: Esteban Linares

(Nota: las imágenes pueden ampliarse clicando sobre ellas)



sábado, 3 de febrero de 2018

EL CUADERNO ESCOLAR



Murcia, noviembre de 2007

La última visita que hice al pequeño rastro que se instala todos los domingos en la ribera del río, entre el Puente Viejo y la entrada del Malecón, me dio una grata sorpresa: tuve la suerte de encontrar, hojear y comprar un par de cuadernos escolares que estaban entremezclados con un montón de viejos papeles sin interés, pasando así desapercibidos ante los ojos del visiteo habitual al mercadillo. Los cuadernos escolares llevan el nombre de su autora y la dirección de su casa, que, por casualidad, aparece en una breve redacción en la que describe su vivienda. Los deberes, realizados con plumilla y tinta, y fechados entre finales de 1936 y principios de 1937, contienen ejercicios de aritmética, gramática, geometría..., todo ello acompañado con candorosas y coloridas ilustraciones. Pensé que si aún vivía su autora, le gustaría tener de nuevo en sus manos lo que hace tanto tiempo hizo con gran esmero. Dispuesto a su restitución, conduje el coche hasta Villanueva, donde no tuve dificultad en encontrar la vieja casa descrita que, por suerte, todavía se encontraba en pie. Llamé a la puerta y, al poco, una cara marchita asomó con recelo por la estrecha abertura con que fui recibido. Me presenté y le mostré sus cuadernos, a la vez que le contaba cómo los había conseguido; permaneció inmóvil unos segundos y, perpleja, dijo a continuación: «Pase, por favor», y abrió la puerta y me permitió el acceso al portal de la vivienda. El recibidor daba a un diminuto patio repleto de cachivaches ordenados diligentemente. Junto a la pila que estaba adosada a uno de sus muros, había una puerta metálica de color verde con cuatro grandes huecos sellados por cristales translúcidos que permitían el paso a la cocina de una porción de la poca luz que flotaba en el umbrío corralillo. La mujer giró el desvencijado tirador de la puerta y pasamos a la cocina tras subir por los dos escalones que la elevaban del suelo del patio. En el centro, sobre una mesa pequeña de formica, había una maceta repintada que encerraba una planta triste que parecía luchar por sobrevivir en la lóbrega penumbra; colgada en un tabique, una vieja litografía enmarcada figurando un bodegón donde apenas sí se podía distinguir lo que parecía un melón abierto, rodeado por unos racimos de uva blanca y un conjunto de ciruelas moradas reunidas en un plato; debajo, un arcón de madera cubierto con un tapete de lana de vivos colores; había también, dispuestos, unos cacharros de cocina prendidos de púas clavadas en las paredes, además de una vieja alacena repleta de platos y fuentes, jarras y copas de cristal cuyos brillos contrastaban con la sombría estancia. Me indicó que la siguiera a una fría salita escasamente iluminada por una ventana que daba al patio. Me señaló una mecedora, invitándome a sentarme. Menos precipitado, le volví a contar lo que ya le había dicho en la puerta de la casa. Los cuadernos, ahora en sus manos, los ojeaba en silencio. Pasaba con suavidad hoja a hoja mientras sus ojos se humedecían lentamente. Al cabo de un buen rato se volvió hacia mí, y el brillo de su mirada me provocó, de forma involuntaria, una sonrisa de satisfacción. «Misión cumplida», pensé. Por fin, se atrevió a decir: 


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           «Sí, le voy a contar. Atienda: el primer recuerdo que tengo, siendo yo muy pequeña, es que estoy recostada en una vieja cuna de madera desde donde puedo ver, a través de la ventana del cuarto de mis padres, el paso lento de nubes recortadas sobre el azul reluciente del cielo mientras sus siluetas imprecisas van cambiando de forma poco a poco. Esto es lo primero que recuerdo. Esta imagen tan delicada de mi primer recuerdo, de súbito, se ve interrumpida por el atarantado repiqueteo de las campanas de la iglesia: «¡Din-don, talán-talán!», al que se sumaba el atronador ruido de las tracas y cohetes que con motivo de las fiestas de San Roque y de Nuestra Señora de la Asunción anunciaban, en pleno verano, el comienzo de las fiestas del pueblo: «¡Pum-pum, buuum!». A mí, aquello me asustaba tanto que rompía a llorar al instante. El revoltijo de sonidos —se lo puede usted imaginar: campanas, explosiones, llanto— provocaba, para mayor enojo mío, las risas de mis padres y hermanos mayores. A mediodía, con el castillo de fuegos artificiales pasaba otro tanto. 



Mi infancia transcurrió con normalidad, igual que la de todas las niñas en un pueblo que apenas pasaba de los mil habitantes. Jugábamos a lo que jugaban entonces las niñas: a la coroneja, a las tabas, a la comba, a los cromos... Cromos que nosotras mismas elaborábamos recortando los contornos de los dibujos de nuestros cuadernos del colegio de años anteriores.


El Liberal de Murcia 15 julio 1936


Cuando la maestra vio lo que habíamos hecho con los cuadernos que el pasado mes de julio habíamos expuesto en el colegio para que todo el pueblo pudiera ver nuestros trabajos, cogió tal berrinche, que nos echó una buena regañina. Nos hizo prometer que no lo haríamos más y que conservaríamos los cuadernos toda nuestra vida. Yo le hice caso a la buena de Doña Marcelina.⏤ Como puede ver, ¿verdad?.





Además, una tarde a la semana, bordábamos con punto de cruz dibujos sencillos y letras que, cuando ya tuvimos cierta habilidad, cosíamos las iniciales de nuestros nombres sobre las servilletas de hilo; las mías: “A. G.”. ⏤Aún la conservo; ahí, en el cajón de la alacena⏤. En la bolsa de tela del pan bordábamos: “PAN”. Lo de bordar no era un juego, pero lo pasábamos muy bien. Todas, alrededor de Doña Marcelina, seguíamos con interés sus indicaciones mientras cuchicheábamos y gastábamos bromas sobre esto y aquello



                                                                                
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          Pero el recuerdo más persistente se refiere a La Guerra. Yo tenía nueve años cuando estalló la terrible guerra. Al principio, los niños no dábamos mayor importancia; no nos enterábamos muy bien de lo que realmente sucedía, aunque en los mayores veíamos comportamientos hasta ahora desconocidos: alzaban la voz más que de costumbre y, a veces, las discusiones terminaban en riña. Poco a poco, por las advertencias de nuestros padres y los consejos de Doña Marcelina, la maestra, fuimos tomando conciencia de la situación en la que nos encontrábamos. 


Un día fueron a casa de Manolita, una amiga del colegio. Dicen que, por desleal al Régimen, buscaban a un cura allí escondido, pero allí no encontraron a nadie oculto; solo unas acciones que valían un dineral. En un pueblo tan pequeño los niños nos enterábamos de todo, o casi. En otra ocasión el alcalde, que tenía una tienda de comestibles que conocíamos por «El Economato», fue denunciado por la C.N.T. por la alteración de los precios de los escasos artículos de primera necesidad a los que entonces se podía acceder; la multa fue de varias miles de pesetas, decían que 6.000; una barbaridad para aquellos tiempos. Pero claro, él, por lo visto, quería aprovecharse de la penosa situación que entonces había. Además, fue destituido de su puesto en la alcaldía.⏤ Una pena lo que sucedió entonces, ¿sabe?.


Aquel verano del 36, a pesar de todo lo que estaba pasando, no dejaron de celebrarse las fiestas del pueblo. Recuerdo el paso de la banda de música bajo el balcón de la salita que había en la primera planta de nuestra casa. Tocaban marchas militares y pasodobles, y muchos niños y niñas, en formación, íbamos detrás de los músicos con pasos alegres, casi a saltitos, parodiando su formación castrense. Desde entonces, la melodía de la marcha militar “Soldado de Nápoles”, que repetían una y otra vez, me ha acompañado toda la vida. Mis ojos se humedecen cada vez que la oigo.⏤ Usted esto no lo entiende, ¿verdad?. 






Más tarde supe que era la Banda del Regimiento de Infantería «Sevilla», que tenía su acuartelamiento en Murcia, y que ese día había llegado con retraso a Villanueva en un viejo autobús de transporte de tropa. Tuvieron que cambiar repetidas veces las ruedas debido al pésimo estado de los neumáticos y a las malas condiciones de la polvorienta carretera que unía la capital con el pueblo. 

Acudíamos al colegio con normalidad. Yo tenía la suerte de tenerlo muy cerca de mi casa. Las clases no se interrumpieron en ningún momento. De aire sosegado y suaves modales, doña Marcelina nos hablaba siempre con palabras cariñosas, por lo que nos sentíamos libres de riesgo y olvidábamos fácilmente el ambiente de enfrentamiento que había en la calle. El acento asturiano, tan distinto al nuestro, provocaba en nosotras fascinación. Su sola presencia en la pequeña aula que teníamos, húmeda y mal iluminada, producía en nosotras la sensación de encontrarnos en un remanso de paz.

Cuando nos daba la lección en la pizarra, debido a su regular estatura, se ayudaba de una pequeña tarima para alcanzar a escribir y dibujar por todas sus esquinas. Con tiza blanca escribía los ejercicios que teníamos que hacer, bien «Higiene del oído y del olfato», bien «Gramática: grado de significación de los adjetivos». También redacciones sobre cosas como: «Gramática. Ejercicio de composición: Mi casa. ¿Dónde está? ¿cómo es?. Habitaciones que tiene y para que sirven. Muebles que hay en ella». 



Con tizas de colores dibujaba figuras geométricas e imágenes cándidas que nosotras debíamos copiar en nuestras libretas junto a los dictados que, con voz pausada, repetía pacientemente. A veces nos dejaba ilustrarlos libremente.
Sentadas alrededor de una mesa grande introducíamos las plumillas en el desportillado tintero de cristal que había en el centro y llenábamos las páginas de nuestros cuadernos escolares con los ejercicios que nos mandaba doña Marcelina. Salpicábamos de gotas de tinta toda la mesa y la maestra nos la hacía limpiar continuamente con unos trapos deshilachados y negros de tanto uso que les dábamos.








Escribíamos y dibujábamos con mucho esmero. Al menor descuido hacíamos un borrón y, para no repetir el trabajo ya hecho, nos veíamos obligadas a corregir con una goma gris que humedecíamos ligeramente con la punta de la lengua. Sin embargo, esta ciencia tenía el inconveniente de que al frotar con empeño para quitar la mancha, el papel acababa tan desgastado que, de cuando en cuando, quedaba agujereado; lo que, entre risas al principio, la verdad es que era un fastidio. A veces, para remediar este contratiempo y con todo el mimo del mundo, zurcíamos con aguja e hilo la raspadura que producía la goma; no sabíamos por qué, pero doña Marcelina nos decía que así quedaba más curioso y que, de alguna forma, el desperfecto quedaba reparado.⏤ ¿Qué le parece, eh?








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VILLANUEVA DEL SEGURA

13 octubre 1936   
Un convoy
El día 26 del mes pasado remitió este Frente Popular de Villanueva del Segura a las Milicias que luchan en el frente de Sigüenza, un vagón compuesto de frutas, conservas y hortalizas, adjunto catorce colchas de abrigo y ocho mantas”.

Fútbol
“Ayer se celebró en esta localidad un emocionante encuentro de fútbol entre los primeros equipos Espinardo U.H.P. y Club Deportivo Villanovense.
Asistió mucho público al match por ser a beneficio de las Milicias que luchan en el frente. Venció el Villanueva por 1-0, gol marcado en el segundo tiempo. Lo recaudado en el partido asciende a 171 pesetas, que serán destinadas a ropas de abrigo para nuestras Milicias”.




16 octubre 1936
Nuestra maestra, a última hora de hoy, en la pizarra escribe con tiza blanca lo que debemos copiar en nuestro cuaderno escolar:
                             “Geometría: el círculo y sus partes
             Círculo es el plano encerrado dentro de la circunferencia.
             La mitad de un círculo se llama semicírculo. 
             Sector es la porción de círculo comprendida entre dos radios y su arco.
             Segmento es la porción de círculo comprendida entre una cuerda y su arco.
             Corona circular es la parte de un plano comprendida entre dos circunferencias concéntricas”        


    
Doña Marcelina colorea en la pizarra los dibujos mondos que acompañan al texto para que los copiemos también en nuestro cuaderno; mientras los reproducimos hablamos en voz baja y la maestra nos chista continuamente para que guardemos silencio. Siempre que nos riñe lo hace sin el ánimo de amedrentarnos. 






Para terminar, otra vez con tiza blanca, escribe unas cuentas que debemos copiar y resolver en nuestras casas para mañana. Nunca me han gustado las multiplicaciones. Este es el momento del día que menos nos agradaba ¡menos mal que no nos las pone todos los días! Aunque salimos cansadas de la escuela, todavía tenemos ganas de jugar un rato.






27 julio 1938
Hoy, la maestra nos ha dicho que cada una de nosotras traigamos mañana un vaso y una cucharilla para que podamos tomar la leche en polvo que ha sido enviada desde Londres por la Internacional Obrera Socialista y la Federación Sindical Internacional, para que la tomemos los niños de Villanueva. También nos ha dicho que, como se han recibido 57 kilos, tendremos para varios días; pero, por ser más de doscientos niñas y niños, no durará mucho tiempo. No es la primera vez que nos la envían, y aunque no me gusta el sabor que tiene, la maestra dice que nos vendrá bien como alimento.  

29 noviembre 1938
Hemos terminado la colecta de dinero para enviar a las Milicias que están en el frente. En total, entre las dos Escuelas Graduadas, la de niñas y la de niños, se han recaudado 70,6 pesetas; que no es poco, teniendo en cuenta las necesidades que arrastra la gente de nuestro pueblo. Los billetes que emitió el Ayuntamiento tienen cada día menos valor. Algunas familias que no han podido dar dinero, han entregado algo de ropa y alguna que otra manta. 


             —El dinero de la colecta lo conseguíamos de nuestros padres, que se rascaban los bolsillos a regañadientes, sacando unas pocas perras de las que escasamente disponían.— ¡Cuánto pasamos! Lo de la Guerra fue terrible.



Octubre de 1939
Este curso no voy a ir al colegio porque mis padres quieren que los ayude en sus tareas. La escasez de comida es tal, que todas las manos para las faenas de casa y de la huerta son pocas. Como yo soy la menor de mis hermanos, de mi casa ya nadie va a la escuela.
Cada vez que me ve por la calle Doña Marcelina, que está rehabilitada provisionalmente, me dice que debo seguir yendo a la escuela y que tengo que continuar con mis estudios; que es una pena que lo deje. Yo le digo que no puedo, que tengo que ayudar en casa. Ella me dice que hablará con mis padres, y que, si no puede ser, al menos que me dejen ir los jueves por la tarde a las clases de bordado, que me será muy útil. Cuando nos despedimos me suelta dos besos en las mejillas. 
⏤Pásate por allí ⏤me dice.
⏤Ojalá ⏤pienso yo para mis adentros mientras le respondo con una sonrisa.
La señorita Marcelina había llegado en 1934 a Villanueva del Segura desde Mieres, en la provincia de Oviedo, justo cuando la escuela cumplía un año desde su inauguración el curso anterior y, hasta hoy, ha sido mi maestra durante todos estos años; así que le tengo un enorme cariño.

Agosto de 1943
Las fiestas del pueblo dan la poca alegría que se puede tener en estos años tan duros de trabajar y trabajar para poder echar algo al puchero. El programa se repite como todos los años a excepción de que este año viene la banda de música de la Base Aérea de San Javier. Como ya soy moza, los muchachos me dicen cosas al pasar por su lado y me sonrojo y sonrío mientras camino a paso ligero con la barbilla clavada en el pecho y la mirada hacia el suelo. Otras veces me hacen muy poca gracia las burradas que sueltan. 
De camino a casa, cuando paso por la plaza que se forma frente a la fachada de la iglesia, veo un grupo de personas en el que distingo a Doña Marcelina junto a Don Emilio, director de la Escuela, y a otros maestros y maestras. Cuando me ve deja el grupo para dirigirse a mi encuentro, entonces me hace saber que este curso ya no estará aquí por traslado a su tierra, no sé si a Mieres o a Oviedo capital. Me habla de lo agradecida que está con todas nosotras por lo bien que nos hemos portado todos estos años, y que nos echará mucho de menos. Han sido nueve años que, por las circunstancias aquí vividas, no olvidará nunca. Las dos nos miramos y vemos en cada uno de los rostros los ojos de los que brotan lágrimas a punto de rebosar. Sonreímos, nos abrazamos calurosamente y nos soltamos sonoros besos.
⏤Adiós, Asunción. 
⏤Adiós, Doña Marcelina.
⏤Aprovecha el tiempo, tienes que continuar con tus estudios.
⏤Lo haré, Doña Marcelina. Gracias por todo.
En el instante de darme la vuelta y seguir mi camino a casa, mis ojos, al fin, se desbordan en dos finos torrentes que recorren las mejillas para unirse poco después en la barbilla.
A pesar de todo arranco con paso alegre, casi dando saltos... como cuando niñas y niños íbamos detrás de la banda de música parodiando su formación castrense.

"Soldado de Nápoles 
que vas a la guerra 
mi voz recordándote
 cantando te espera..."





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Murcia, noviembre de 2007
                                                                                      



⏤¿Le aburre todo esto, verdad?, pero así es como pasó. Yo ya estoy un poco cansada, de manera que seguimos otro día, ¿le parece bien?»





E.L.                                                                                                                                 Murcia, 1 de febrero de 2018

Fuentes:
Las libretas escolares de A. G.
"Hª de Villanueva del Río Segura". Aut. Ricardo Montes y José Antonio Marín
"El Liberal de Murcia" y "Nuestra Lucha". Archivo Municipal Ayuntamiento de Murcia

NOTA: Las imágenes pueden ampliarse clicando sobre ellas.