sábado, 3 de febrero de 2018

EL CUADERNO ESCOLAR



Murcia, noviembre de 2007

La última visita que hice al pequeño rastro que se instala todos los domingos en la ribera del río, entre el Puente Viejo y la entrada del Malecón, me dio una grata sorpresa: tuve la suerte de encontrar, hojear y comprar un par de cuadernos escolares que estaban entremezclados con un montón de viejos papeles sin interés, pasando así desapercibidos ante los ojos del visiteo habitual al mercadillo. Los cuadernos escolares llevan el nombre de su autora y la dirección de su casa, que, por casualidad, aparece en una breve redacción en la que describe su vivienda. Los deberes, realizados con plumilla y tinta, y fechados entre finales de 1936 y principios de 1937, contienen ejercicios de aritmética, gramática, geometría..., todo ello acompañado con candorosas y coloridas ilustraciones. Pensé que si aún vivía su autora, le gustaría tener de nuevo en sus manos lo que hace tanto tiempo hizo con gran esmero. Dispuesto a su restitución, conduje el coche hasta Villanueva, donde no tuve dificultad en encontrar la vieja casa descrita que, por suerte, todavía se encontraba en pie. Llamé a la puerta y, al poco, una cara marchita asomó con recelo por la estrecha abertura con que fui recibido. Me presenté y le mostré sus cuadernos, a la vez que le contaba cómo los había conseguido; permaneció inmóvil unos segundos y, perpleja, dijo a continuación: «Pase, por favor», y abrió la puerta y me permitió el acceso al portal de la vivienda. El recibidor daba a un diminuto patio repleto de cachivaches ordenados diligentemente. Junto a la pila que estaba adosada a uno de sus muros, había una puerta metálica de color verde con cuatro grandes huecos sellados por cristales translúcidos que permitían el paso a la cocina de una porción de la poca luz que flotaba en el umbrío corralillo. La mujer giró el desvencijado tirador de la puerta y pasamos a la cocina tras subir por los dos escalones que la elevaban del suelo del patio. En el centro, sobre una mesa pequeña de formica, había una maceta repintada que encerraba una planta triste que parecía luchar por sobrevivir en la lóbrega penumbra; colgada en un tabique, una vieja litografía enmarcada figurando un bodegón donde apenas sí se podía distinguir lo que parecía un melón abierto, rodeado por unos racimos de uva blanca y un conjunto de ciruelas moradas reunidas en un plato; debajo, un arcón de madera cubierto con un tapete de lana de vivos colores; había también, dispuestos, unos cacharros de cocina prendidos de púas clavadas en las paredes, además de una vieja alacena repleta de platos y fuentes, jarras y copas de cristal cuyos brillos contrastaban con la sombría estancia. Me indicó que la siguiera a una fría salita escasamente iluminada por una ventana que daba al patio. Me señaló una mecedora, invitándome a sentarme. Menos precipitado, le volví a contar lo que ya le había dicho en la puerta de la casa. Los cuadernos, ahora en sus manos, los ojeaba en silencio. Pasaba con suavidad hoja a hoja mientras sus ojos se humedecían lentamente. Al cabo de un buen rato se volvió hacia mí, y el brillo de su mirada me provocó, de forma involuntaria, una sonrisa de satisfacción. «Misión cumplida», pensé. Por fin, se atrevió a decir: 


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           «Sí, le voy a contar. Atienda: el primer recuerdo que tengo, siendo yo muy pequeña, es que estoy recostada en una vieja cuna de madera desde donde puedo ver, a través de la ventana del cuarto de mis padres, el paso lento de nubes recortadas sobre el azul reluciente del cielo mientras sus siluetas imprecisas van cambiando de forma poco a poco. Esto es lo primero que recuerdo. Esta imagen tan delicada de mi primer recuerdo, de súbito, se ve interrumpida por el atarantado repiqueteo de las campanas de la iglesia: «¡Din-don, talán-talán!», al que se sumaba el atronador ruido de las tracas y cohetes que con motivo de las fiestas de San Roque y de Nuestra Señora de la Asunción anunciaban, en pleno verano, el comienzo de las fiestas del pueblo: «¡Pum-pum, buuum!». A mí, aquello me asustaba tanto que rompía a llorar al instante. El revoltijo de sonidos —se lo puede usted imaginar: campanas, explosiones, llanto— provocaba, para mayor enojo mío, las risas de mis padres y hermanos mayores. A mediodía, con el castillo de fuegos artificiales pasaba otro tanto. 



Mi infancia transcurrió con normalidad, igual que la de todas las niñas en un pueblo que apenas pasaba de los mil habitantes. Jugábamos a lo que jugaban entonces las niñas: a la coroneja, a las tabas, a la comba, a los cromos... Cromos que nosotras mismas elaborábamos recortando los contornos de los dibujos de nuestros cuadernos del colegio de años anteriores.


El Liberal de Murcia 15 julio 1936


Cuando la maestra vio lo que habíamos hecho con los cuadernos que el pasado mes de julio habíamos expuesto en el colegio para que todo el pueblo pudiera ver nuestros trabajos, cogió tal berrinche, que nos echó una buena regañina. Nos hizo prometer que no lo haríamos más y que conservaríamos los cuadernos toda nuestra vida. Yo le hice caso a la buena de Doña Marcelina.⏤ Como puede ver, ¿verdad?.





Además, una tarde a la semana, bordábamos con punto de cruz dibujos sencillos y letras que, cuando ya tuvimos cierta habilidad, cosíamos las iniciales de nuestros nombres sobre las servilletas de hilo; las mías: “A. G.”. ⏤Aún la conservo; ahí, en el cajón de la alacena⏤. En la bolsa de tela del pan bordábamos: “PAN”. Lo de bordar no era un juego, pero lo pasábamos muy bien. Todas, alrededor de Doña Marcelina, seguíamos con interés sus indicaciones mientras cuchicheábamos y gastábamos bromas sobre esto y aquello



                                                                                
                                                                                                              2


          Pero el recuerdo más persistente se refiere a La Guerra. Yo tenía nueve años cuando estalló la terrible guerra. Al principio, los niños no dábamos mayor importancia; no nos enterábamos muy bien de lo que realmente sucedía, aunque en los mayores veíamos comportamientos hasta ahora desconocidos: alzaban la voz más que de costumbre y, a veces, las discusiones terminaban en riña. Poco a poco, por las advertencias de nuestros padres y los consejos de Doña Marcelina, la maestra, fuimos tomando conciencia de la situación en la que nos encontrábamos. 


Un día fueron a casa de Manolita, una amiga del colegio. Dicen que, por desleal al Régimen, buscaban a un cura allí escondido, pero allí no encontraron a nadie oculto; solo unas acciones que valían un dineral. En un pueblo tan pequeño los niños nos enterábamos de todo, o casi. En otra ocasión el alcalde, que tenía una tienda de comestibles que conocíamos por «El Economato», fue denunciado por la C.N.T. por la alteración de los precios de los escasos artículos de primera necesidad a los que entonces se podía acceder; la multa fue de varias miles de pesetas, decían que 6.000; una barbaridad para aquellos tiempos. Pero claro, él, por lo visto, quería aprovecharse de la penosa situación que entonces había. Además, fue destituido de su puesto en la alcaldía.⏤ Una pena lo que sucedió entonces, ¿sabe?.


Aquel verano del 36, a pesar de todo lo que estaba pasando, no dejaron de celebrarse las fiestas del pueblo. Recuerdo el paso de la banda de música bajo el balcón de la salita que había en la primera planta de nuestra casa. Tocaban marchas militares y pasodobles, y muchos niños y niñas, en formación, íbamos detrás de los músicos con pasos alegres, casi a saltitos, parodiando su formación castrense. Desde entonces, la melodía de la marcha militar “Soldado de Nápoles”, que repetían una y otra vez, me ha acompañado toda la vida. Mis ojos se humedecen cada vez que la oigo.⏤ Usted esto no lo entiende, ¿verdad?. 






Más tarde supe que era la Banda del Regimiento de Infantería «Sevilla», que tenía su acuartelamiento en Murcia, y que ese día había llegado con retraso a Villanueva en un viejo autobús de transporte de tropa. Tuvieron que cambiar repetidas veces las ruedas debido al pésimo estado de los neumáticos y a las malas condiciones de la polvorienta carretera que unía la capital con el pueblo. 

Acudíamos al colegio con normalidad. Yo tenía la suerte de tenerlo muy cerca de mi casa. Las clases no se interrumpieron en ningún momento. De aire sosegado y suaves modales, doña Marcelina nos hablaba siempre con palabras cariñosas, por lo que nos sentíamos libres de riesgo y olvidábamos fácilmente el ambiente de enfrentamiento que había en la calle. El acento asturiano, tan distinto al nuestro, provocaba en nosotras fascinación. Su sola presencia en la pequeña aula que teníamos, húmeda y mal iluminada, producía en nosotras la sensación de encontrarnos en un remanso de paz.

Cuando nos daba la lección en la pizarra, debido a su regular estatura, se ayudaba de una pequeña tarima para alcanzar a escribir y dibujar por todas sus esquinas. Con tiza blanca escribía los ejercicios que teníamos que hacer, bien «Higiene del oído y del olfato», bien «Gramática: grado de significación de los adjetivos». También redacciones sobre cosas como: «Gramática. Ejercicio de composición: Mi casa. ¿Dónde está? ¿cómo es?. Habitaciones que tiene y para que sirven. Muebles que hay en ella». 



Con tizas de colores dibujaba figuras geométricas e imágenes cándidas que nosotras debíamos copiar en nuestras libretas junto a los dictados que, con voz pausada, repetía pacientemente. A veces nos dejaba ilustrarlos libremente.
Sentadas alrededor de una mesa grande introducíamos las plumillas en el desportillado tintero de cristal que había en el centro y llenábamos las páginas de nuestros cuadernos escolares con los ejercicios que nos mandaba doña Marcelina. Salpicábamos de gotas de tinta toda la mesa y la maestra nos la hacía limpiar continuamente con unos trapos deshilachados y negros de tanto uso que les dábamos.








Escribíamos y dibujábamos con mucho esmero. Al menor descuido hacíamos un borrón y, para no repetir el trabajo ya hecho, nos veíamos obligadas a corregir con una goma gris que humedecíamos ligeramente con la punta de la lengua. Sin embargo, esta ciencia tenía el inconveniente de que al frotar con empeño para quitar la mancha, el papel acababa tan desgastado que, de cuando en cuando, quedaba agujereado; lo que, entre risas al principio, la verdad es que era un fastidio. A veces, para remediar este contratiempo y con todo el mimo del mundo, zurcíamos con aguja e hilo la raspadura que producía la goma; no sabíamos por qué, pero doña Marcelina nos decía que así quedaba más curioso y que, de alguna forma, el desperfecto quedaba reparado.⏤ ¿Qué le parece, eh?








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VILLANUEVA DEL SEGURA

13 octubre 1936   
Un convoy
El día 26 del mes pasado remitió este Frente Popular de Villanueva del Segura a las Milicias que luchan en el frente de Sigüenza, un vagón compuesto de frutas, conservas y hortalizas, adjunto catorce colchas de abrigo y ocho mantas”.

Fútbol
“Ayer se celebró en esta localidad un emocionante encuentro de fútbol entre los primeros equipos Espinardo U.H.P. y Club Deportivo Villanovense.
Asistió mucho público al match por ser a beneficio de las Milicias que luchan en el frente. Venció el Villanueva por 1-0, gol marcado en el segundo tiempo. Lo recaudado en el partido asciende a 171 pesetas, que serán destinadas a ropas de abrigo para nuestras Milicias”.




16 octubre 1936
Nuestra maestra, a última hora de hoy, en la pizarra escribe con tiza blanca lo que debemos copiar en nuestro cuaderno escolar:
                             “Geometría: el círculo y sus partes
             Círculo es el plano encerrado dentro de la circunferencia.
             La mitad de un círculo se llama semicírculo. 
             Sector es la porción de círculo comprendida entre dos radios y su arco.
             Segmento es la porción de círculo comprendida entre una cuerda y su arco.
             Corona circular es la parte de un plano comprendida entre dos circunferencias concéntricas”        


    
Doña Marcelina colorea en la pizarra los dibujos mondos que acompañan al texto para que los copiemos también en nuestro cuaderno; mientras los reproducimos hablamos en voz baja y la maestra nos chista continuamente para que guardemos silencio. Siempre que nos riñe lo hace sin el ánimo de amedrentarnos. 






Para terminar, otra vez con tiza blanca, escribe unas cuentas que debemos copiar y resolver en nuestras casas para mañana. Nunca me han gustado las multiplicaciones. Este es el momento del día que menos nos agradaba ¡menos mal que no nos las pone todos los días! Aunque salimos cansadas de la escuela, todavía tenemos ganas de jugar un rato.






27 julio 1938
Hoy, la maestra nos ha dicho que cada una de nosotras traigamos mañana un vaso y una cucharilla para que podamos tomar la leche en polvo que ha sido enviada desde Londres por la Internacional Obrera Socialista y la Federación Sindical Internacional, para que la tomemos los niños de Villanueva. También nos ha dicho que, como se han recibido 57 kilos, tendremos para varios días; pero, por ser más de doscientos niñas y niños, no durará mucho tiempo. No es la primera vez que nos la envían, y aunque no me gusta el sabor que tiene, la maestra dice que nos vendrá bien como alimento.  

29 noviembre 1938
Hemos terminado la colecta de dinero para enviar a las Milicias que están en el frente. En total, entre las dos Escuelas Graduadas, la de niñas y la de niños, se han recaudado 70,6 pesetas; que no es poco, teniendo en cuenta las necesidades que arrastra la gente de nuestro pueblo. Los billetes que emitió el Ayuntamiento tienen cada día menos valor. Algunas familias que no han podido dar dinero, han entregado algo de ropa y alguna que otra manta. 


             —El dinero de la colecta lo conseguíamos de nuestros padres, que se rascaban los bolsillos a regañadientes, sacando unas pocas perras de las que escasamente disponían.— ¡Cuánto pasamos! Lo de la Guerra fue terrible.



Octubre de 1939
Este curso no voy a ir al colegio porque mis padres quieren que los ayude en sus tareas. La escasez de comida es tal, que todas las manos para las faenas de casa y de la huerta son pocas. Como yo soy la menor de mis hermanos, de mi casa ya nadie va a la escuela.
Cada vez que me ve por la calle Doña Marcelina, que está rehabilitada provisionalmente, me dice que debo seguir yendo a la escuela y que tengo que continuar con mis estudios; que es una pena que lo deje. Yo le digo que no puedo, que tengo que ayudar en casa. Ella me dice que hablará con mis padres, y que, si no puede ser, al menos que me dejen ir los jueves por la tarde a las clases de bordado, que me será muy útil. Cuando nos despedimos me suelta dos besos en las mejillas. 
⏤Pásate por allí ⏤me dice.
⏤Ojalá ⏤pienso yo para mis adentros mientras le respondo con una sonrisa.
La señorita Marcelina había llegado en 1934 a Villanueva del Segura desde Mieres, en la provincia de Oviedo, justo cuando la escuela cumplía un año desde su inauguración el curso anterior y, hasta hoy, ha sido mi maestra durante todos estos años; así que le tengo un enorme cariño.

Agosto de 1943
Las fiestas del pueblo dan la poca alegría que se puede tener en estos años tan duros de trabajar y trabajar para poder echar algo al puchero. El programa se repite como todos los años a excepción de que este año viene la banda de música de la Base Aérea de San Javier. Como ya soy moza, los muchachos me dicen cosas al pasar por su lado y me sonrojo y sonrío mientras camino a paso ligero con la barbilla clavada en el pecho y la mirada hacia el suelo. Otras veces me hacen muy poca gracia las burradas que sueltan. 
De camino a casa, cuando paso por la plaza que se forma frente a la fachada de la iglesia, veo un grupo de personas en el que distingo a Doña Marcelina junto a Don Emilio, director de la Escuela, y a otros maestros y maestras. Cuando me ve deja el grupo para dirigirse a mi encuentro, entonces me hace saber que este curso ya no estará aquí por traslado a su tierra, no sé si a Mieres o a Oviedo capital. Me habla de lo agradecida que está con todas nosotras por lo bien que nos hemos portado todos estos años, y que nos echará mucho de menos. Han sido nueve años que, por las circunstancias aquí vividas, no olvidará nunca. Las dos nos miramos y vemos en cada uno de los rostros los ojos de los que brotan lágrimas a punto de rebosar. Sonreímos, nos abrazamos calurosamente y nos soltamos sonoros besos.
⏤Adiós, Asunción. 
⏤Adiós, Doña Marcelina.
⏤Aprovecha el tiempo, tienes que continuar con tus estudios.
⏤Lo haré, Doña Marcelina. Gracias por todo.
En el instante de darme la vuelta y seguir mi camino a casa, mis ojos, al fin, se desbordan en dos finos torrentes que recorren las mejillas para unirse poco después en la barbilla.
A pesar de todo arranco con paso alegre, casi dando saltos... como cuando niñas y niños íbamos detrás de la banda de música parodiando su formación castrense.

"Soldado de Nápoles 
que vas a la guerra 
mi voz recordándote
 cantando te espera..."





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Murcia, noviembre de 2007
                                                                                      



⏤¿Le aburre todo esto, verdad?, pero así es como pasó. Yo ya estoy un poco cansada, de manera que seguimos otro día, ¿le parece bien?»





E.L.                                                                                                                                 Murcia, 1 de febrero de 2018

Fuentes:
Las libretas escolares de A. G.
"Hª de Villanueva del Río Segura". Aut. Ricardo Montes y José Antonio Marín
"El Liberal de Murcia" y "Nuestra Lucha". Archivo Municipal Ayuntamiento de Murcia

NOTA: Las imágenes pueden ampliarse clicando sobre ellas.